viernes, 11 de julio de 2014

Añoranza por las posadas en Cuba

Posada Venus. Foto del autor.


Por Mario Hechavarria Driggs/ Hablemos Press.


LA HABANA, 11 de Julio.- A principios de la década de los ochenta del siglo pasado, cerca de doscientas posadas ofrecían servicios a una cantidad importante de parejas habaneras que, impelidas por urgencias amatorias y/o ante la carencia de un lugar idóneo para estos menesteres, dependían casi totalmente de aquella clase peculiar de hospedería.


Una habitación valía tres pesos con cincuenta centavos la hora, y un peso por cada hora adicional. Había ofertas de cerveza, ron, bocaditos, entremeses y otros platos fríos a la orden.


Algunas eran conocidas por el nombre oficial, como La Pampa, que quedaba en la calle Marina, junto al parque Maceo; otras se identificaban con el barrio o la cercanía a un establecimiento popular. Así tenemos la de Carlos III, detrás de la actual plaza-mercado; la de la fábrica de refrescos Canada Dry, y Las Casitas, cerca del Bar-cafetería Chiqui-Jai, en la calle Ayestarán.


Casi siempre iban los amantes de ocasión, del primer encuentro. Siempre personas mayores. También gente de las que tienen citas que no se desean divulgar, y hasta aquellos que necesitaban ocasionalmente albergarse para esperar la guagua a otra provincia o verse con el médico a la mañana siguiente.


Las posadas desaparecieron casi radicalmente hacia finales de los noventa. Las últimas dejaron de funcionar hace unos 15 años. Los bajos de La Pampa son ahora una ferretería en divisas, en tanto los pisos superiores fueron destinados a viviendas, ocupadas por las familias que han perdido sus casas en los frecuentes derrumbes que asolan La Habana. Otras, desaparecieron por los mismos derrumbes, y algunas son imposibles de identificar, debido a las transformaciones constructivas al paso de tres décadas.


Sin embargo, la necesidad de los servicios que brindaban las posadas no ha desaparecido. Por tanto, surgieron eventuales alternativas: los alquileres clandestinos. Cuartos por una, dos o tres horas, con baño, ventilador y a veces algún servicio de bebidas o comidas, si los dueños de la casa tienen posibilidades económicas.


Toda esta actividad se desarrolla con mucho sigilo, desde las primeras palabras para reservar, hasta la salida del lugar, evitando la vista de los soplones envidiosos. Aquello de los amores prohibidos ha ido quedando en segundo plano.


Con el paso de los años, se han ampliado las permisibilidades de rentar habitaciones en moneda nacional, y algunos emprendedores, privilegiados con cuartos en lugares de fácil acceso, las han convertido en pequeños hotelitos, parecidos a las posadas.

En calle Monte No. 756 tenemos “Los Tres Hermanos”, con cinco cuartos, de ellos cuatro con aire acondicionado, todos con baño propio, ofertando además bebidas y comidas. Cobran 50 pesos cubanos la hora, y una bonificación de 120, (5 pesos convertibles) si se renta por tres horas.

No puede decirse que estos alquileres de ocasión volverán a florecer, igualando o superando la red de existente desde antes del 1959. Por un lado, para los propietarios permanece el interés de rentar a los extranjeros, pero por el otro, no está permitido a los nacionales el negocio inmobiliario privado.

En cuanto al Estado, para nada importan este tipo de necesidades que tiene la población. Continuarán construyéndose hoteles en los enclaves destinados al turismo. Nosotros deberemos conformarnos con el amor furtivo en los parques escasamente iluminados, y en alguna escalera sin vigilancia.

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