viernes, 19 de febrero de 2016

La economía de la pobreza

Imagen tomada en una calle de la capital cubana.

Por Armando Soler Hernández/ HABLEMOS PRESS.

LA HABANA.- El fenómeno de la inflación es algo cotidiano en la economía simple y pura, sin apellidos. Forma parte de la ecuación económica de producción-consumo desde el surgimiento del mercado. Los primeros sujetos que acudían a él intercambiaban productos y servicios. Y de ese modo continuaron hasta que la distancia y el tiempo, así como las proporciones de intercambio y la natural evolución hacia agilizar el comercio, introdujo un nuevo requisito de dinamismo: la invención de un valor universal de cambio para todo.  Y así  apareció el dinero.

El dinero se manifestó de muchas maneras a todo lo ancho y largo del mundo primitivo: conchas marinas, semillas de cacao, ámbar, cobre, oro y plata. Lo importante era la aceptación consensuada de su valor de cambio y de ahorro que fue adquiriendo para todos los interesados en el comercio. Esto hizo que se fuera asegurando la producción, el transporte y la venta de bienes y servicios ante una ganancia con un valor reconocido y aceptado por todos. De ahí se estableció la oferta y la demanda como unas categorías que se balanceaban una a otra, reflejándose su vaivén en el dinero aceptado por todos como moneda. Y ese balance, cuando se desproporcionaba por menos bienes y servicios, se llamó inflación.

Por tanto, la inflación se desprende de la relación oferta-demanda. Cuando la proporción es mayor en la libre oferta, hay más mercancías y servicios en el mercado que dinero. Entonces, el  dinero vale más y la inflación, que se refleja en el valor real del mismo circulante, es controlable y normal. Es decir, se puede adquirir más con su valor intrínseco. O dicho en cubano: veinte pesos nos darán más resultados para cubrir nuestros gastos.

Y por el contrario, cuando hay más dinero circulando que mercancías y servicios, la inflación empieza a transformarse en algo incontrolable. Esto se refleja de inmediato en el valor del dinero, que vale menos. Es decir, con los mismos veinte pesos cubanos podemos cubrir menos de nuestros gastos. Fuera de toda la confusa terminología técnica que pueda cubrir esta simple verdad,  es la guía elemental para que cualquier ciudadano del mundo sepa si su país va mal o va bien para su progreso personal y familiar.

Cuando esta desproporción de oferta y demanda se descontrola en mucho más dinero que mercancías y servicios, y la masa  monetaria aumenta incesantemente, es que no hay productos y servicios suficientes. Entonces la inflación se vuelve peligrosamente galopante. Puede llegar a ocurrir como en la presente Venezuela, donde un billete de cien bolívares cuesta más fabricarlo que lo que se puede adquirir con él. Y dentro del modelo económico que la alimenta, también puede llegar a un punto sin retorno. Entonces se necesitan transformaciones fundamentales en el proceso de la oferta-demanda  para salir de ese callejón sin salida, no simples medidas superficiales.

Poniendo un ejemplo elemental: si hace seis meses una col nos costaba cinco pesos, y ahora nos cuesta diez, los veinte pesos tuvieron una depreciación del 100%. Y más o menos se puede asegurar que hay un aumento de la inflación general en un 25%, un cuarto del precio actual de la famosa col, es decir $2.50.
Pero lo peor está aún por enunciarse. Y es que esa depreciación de los veinte pesos, que ahora en realidad  compran como si fueran quince, ocurrió en seis meses. Y si nada realmente cambia realmente las mismas condiciones que produjeron esa depreciación del dinero o aumento del precio del producto, significa que en seis meses más, los otros veinte pesos que tengamos  en ese entonces nos  representarán un 25%  o 30% menos que antes. Y no sólo para comprar col.

Todo lo que interfiera desproporcionadamente, o sin real necesidad económica de hacerlo, entre la producción del producto o el servicio a consumir y su realización efectiva en beneficio del consumidor que lo va a pagar, contribuye a que al final de la cadena producto/servicio-consumidor, el precio sea  desproporcionadamente mayor a su resultado. Y el resultado adverso es acumulativo, no desaparece mágicamente. Se  hizo más caro el producto o servicio. Se está  empujando la economía hacia una creciente inflación.

La mejor y más sana relación real de producción de bienes-servicios con el consumidor al final, es que  la misma sea la más corta posible, sin interferencias o cargas económicas innecesarias. En la medida que esto se logre, se estimula la creación y diversificación de bienes y servicios por la natural búsqueda de mayor beneficio de sus creadores o suministradores. Y a la vez, la creciente abundancia y diversidad de bienes y servicios que esto provoca, aumenta la calidad de la oferta  y baja el precio para el consumidor.

Toda esta dinámica descansa en el transporte y en la capacidad del intermediario para colocar el producto o servicio en el sitio donde más posibilidades tenga de realizarse y allí venderlo mejor y más rápido.  Mientras más ágilmente funcione esta correa de trasmisión de valores y consumo, más estímulo provocará en los productores para lograr beneficios, más competitividad entre ellos para que sus productos y servicios sean los preferidos por los consumidores, y habrá más variedad, calidad y precios atractivos para la oferta del consumidor.


Es una dinámica clara, con variantes que pueden ser defectuosas o que intenten un beneficio desmedido de alguien. Mas para eso es lo que debe funcionar la ley y el orden del Estado como árbitro, no como enemigo y competidor desleal. No para entorpecer y hasta anular con arbitrariedad el flujo de riqueza, sino ayudar a que su canalización no sea interrumpida y garantizar el beneficio que esto produzca para la mayoría. Desgraciadamente, en Cuba ese no es el actual patrón.

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