sábado, 27 de febrero de 2016

La economía de la pobreza (II Parte)

Por Armando Soler Hernández/ HABLEMOS PRESS.

LA HABANA.- En el último conclave de la Asamblea Nacional de Cuba, efectuada en diciembre del 2016, irrumpió brevemente el tema de lo incosteable que era la vida para el pueblo cubano. Esta aseveración quedó limitada a la oferta en viandas, frutas y vegetales que venden los puesteros y carretilleros a precio libre.

En nada incluyó los elevados importes de los productos y servicios en las tiendas  recaudadoras de divisas. Y esto es aberrante. Por el surtido específico y vital que tienen para el consumo, la moneda artificial que se necesita para adquirirlo y los precios multiplicados por encima de su valor real, tales productos y servicios crean un silencioso patrón de valor deformado que desciende para el resto de la economía. Influye negativamente, como una interferencia artificial, en el precio de la magra oferta que se hace de bienes y servicios en el mercado nacional, y en las relaciones personales entre los diversos individuos.

El molesto asunto en el magno cónclave fue traído a la luz por un despistado diputado. Evidentemente, se salía del  libreto establecido para la agenda programada. Por tanto, el asunto fue muy brevemente discutido y solucionado con una medida de arbitrariedad,  ya conocida por su inutilidad y el desasosiego que provoca: topar algunos precios de los productos  agrícolas ofrecidos por los vendedores privados y reprimir y anular el servicio de los que en toda la cadena productiva no estuvieran en regla con las asfixiantes restricciones establecidas para este  autorizado mercadeo.

El resultado fue el esperado por algunos pocos, y sorpresa y disgusto para la pertinaz  ingenuidad de la mayoría. De inmediato escasearon mucho más que antes los productos que se ofertaran a precios desmesurados en carretillas y puestos. Y en el día de hoy, ralea tanto en variedad como en calidad (1) y cantidad. A esta cadena de calamidades se agrega el hecho de que se volvió aun más escasa la competencia en la oferta (2), mucho más de antes que se tomara la medida represiva. Así, desparecieron múltiples carretilleros de las calles, y los puestos fijos redujeron el surtido. Pero lo peor de todo es que, dada la mayor escasez artificial provocada por la medida represiva del Estado, esos productos aumentaron de precio de sopetón, entre un 30 y 100%.

Este desastroso resultado deja bien en claro que la mayor impedimenta para la abundancia  de oferta y calidad y el gradual descenso de los precios  fue una escalada de la ya desmesurada injerencia del Estado en el libre flujo de la oferta y la demanda de bienes y servicios.
 
No es una acción que queda  muy  clara para el simple consumidor. Sin embargo, constituye una larga cadena de influencias artificiales que al final carga la mayoría. Va desde precios al combustible que no juegan con la tasa internacional del valor de barril de petróleo, encareciendo desproporcionadamente el transporte de esos productos y servicios, pasando por una intervención estatal desproporcionada y costosa tanto en dinero como en tiempo en cada paso de la realización de la producción (primero el nefasto Acopio; ahora centros de redistribución obligatorios) y concluyendo con restricciones administrativas municipales, aclaradas en la nota 2.

Como un elemento esencial, aunque aparentemente sin relación, el factor de una doble moneda incide también sobre el bolsillo del comprador. A fin de cuentas, no tiene un valor real por sí misma dada la decadente economía nacional que la respalda. De hecho, se mantiene con vida gracias a diversas monedas convertibles reales y reconocidas en el mercado mundial. Cuando ingresan a nuestro país  son el oculto respaldo que le da valor adquisitivo al enclenque CUC.

El valor de estas monedas reales oscila en el mercado internacional. Sin embargo tal fenómeno no se refleja en el cambio del CUC por pesos cubanos. Se mantiene fija su tasa y esto crea un defecto deformador en los valores reales de la economía nacional. En realidad, el CUC  lo que  hace es parasitar cualquier moneda convertible real que llega a la población, fundamentalmente en remesas familiares y salarios de personal médico y otros profesionales calificados en el extranjero mediante contrato estatal (3). Este efecto de distorsión se refleja directamente en el peso corriente y el cálculo de la oferta, tanto en los precios de los productos y servicios del Estado como en su demanda entre particulares.

Pero la principal distorsión es que su valor real adquisitivo se reduce cada año. Primero ante la subida de los precios de los productos y servicios en el mercado interno cubano de esta moneda artificial, que ya en sí mismos están deformados por su valor de adquisición como producto terminado o como materia prima adquiridas en el mercado extranjero. Y luego por la tasa impositiva descomunal que el Estado le aplica a cada producto o servicio que vende en ese mercado.

Notas:
1)   La calidad nunca  es muy buena. Esto lo provoca el clima de desconfianza general que resulta de las rutinarias medidas arbitrarias del Estado y la sensación inequívoca de que actúan contra la mayoría y no a favor de esta; y el sentido de desamparo que dejan las leyes que genera el Estado con su acción, dando como resultado la avidez de ganancias inmediatas de productores y vendedores, recogiendo las cosechas prematuramente o acelerando su madurez con productos altamente tóxicos y hasta cancerígenos.
2)   También  consecuencia directa de la sumatoria de un sistema impositivo que no busca tanto la recaudación como restringir  brutalmente la ganancia que puedan obtener estos comerciantes;  en el mismo sentido , la limitación de licencias para este comercio en una vasta área determinada, y al trabajo  de represión, persecución y corruptela que es la norma de los inspectores populares.

3)   En una proporción a un menor, pero constante,  a este ingreso inusual, se agrega la subvención estatal extraoficial que recibe en dinero o especie principalmente  el amplio estamento militar y de la policía política, además de los funcionarios, tecnócratas y burócratas de alto rango que fomentan y colaboran en la costosa operatividad de la maquinaria estatal. Está además, y aunque no medible, si enorme, el desfalco constante, resultante de la corrupción generalizada en toda la escala social, pero que tiene su inicio y mayor  volumen en elementos de la clase dirigente de una economía estatizada y centralizada. 

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