miércoles, 2 de diciembre de 2015

Locos pintorescos de La Habana

Imágenes de desamparadas tomadas por corresponsales de este medio.

Por Jaime Leygonier/ HABLEMOS PRESS.

LA HABANA.- Los habaneros de cabeza cana recordamos a varios locos pintorescos, conocidos por la mayoría de los capitalinos en épocas pasadas. También, a otros que ganaban la misma popularidad, sin estar locos, por extravagantes.

A algunos, hasta les compusieron canciones, como al Caballero de París: “¡Mira quién viene por ahí!/ El Caballero de París”, o a un individuo conocido como Bigote de Gato: “Bigotegato es un gran sujeto / allá del barrio de Luyanó”, ambas por la Orquesta Aragón:
El caballero de París, desde los años 20, deambuló por la Ciudad con su melena y mostacho, a veces usando un manto de tela como capa, y periódicos y papeles en sus manos. Murió en la década de los noventa en el Hospital Psiquiátrico de La Habana (Mazorra).

Se comportaba cortésmente, con cierta dignidad. Rechazaba la limosna porque mendigaba disimuladamente a través de la venta de periódicos viejos y lápices; aceptando también invitaciones a comer.

Su fantasía era ser un caballero como los de Dumas (padre). Su leyenda, que había perdido la razón durante sus estudios de farmacia.

Con igual dignidad se paseaba la “Marquesa de Luyanó” en la década de los cincuentas. Era una mulata rolliza que usaba grandes sombreros, collares, pañuelos y una sombrilla. Pero a diferencia de el Caballero, tenía domicilio.

Del mismo Luyanó, y también por los años cincuentas, emergió “Bigote de gato”. No padecía demencia. Estaba asociado a la vida bohemia de “La Bodeguita del Medio” y al “Alí bar”, con su gran mostacho siglo XIX y su boina, en la época de los bigotitos delgados.


Y como para algunos, llamar la atención es vocación y hasta medio de vida, le salió un imitador: Un Bigote de gato falso.

Desde esa misma época fue una anciana a la que llamaban “Traga níquel”; que mendigaba en los portales de Galiano, frente a la Plaza del Vapor ―hoy Parque “El Curita”― y armaba un escándalo a quien le diera menos de 5 centavos. Decían que era dueña de una importante peletería en Reina y de varios apartamentos.

Esta especie de personajes perdió su “base económica” cuando los cuerdos enloquecieron por el Comunismo. Desde los años sesentas, escasearon, y luego desaparecieron, los restaurantes, cafeterías, los baños públicos y, ¡por supuesto!, la vida bohemia.

Castro socorrió y prohibió a los mendigos: “La Revolución” ―expresó en uno de sus discursos― erradicó la mendicidad para siempre.


En los años 70, “el caballero de París” enfermó de anemia. Dormía en un cantero de “La Taberna Checa” y recogía sobras de pizzas en algunas cafeterías del Vedado.

Los cuerdos eran menos gentiles que antaño. Un amigo me relató que vio a unos jóvenes apedrearlo sobre su lecho de periódicos.

“Bigote de gato” perdió su parte de la “Bodeguita del Medio” que, nacionalizada, devino comedor paupérrimo donde servían espaguetis sin salsa a los ancianos, hasta que Salvador Allende se interesara por ella, y Castro ordenó resucitarla a la carrera para cenar allí con el recién electo presidente chileno.

Entre los años sesentas y setentas una mujer frecuentaba las guaguas de la ruta 37. Le apodaban “la China”. La caracterizaban las bromas libidinosas a los pasajeros. Había sido dueña de la tienda por departamentos “La casa de los tres kilos” (3 centavos) que “la Revolución” le expropió.

Otro sujeto, vestido con uniforme de conductor de guaguas, recorría a pie la avenida 23. Practicaba la mímica de manejar un ómnibus y parquearlo en las paradas; chofer y ómnibus a la vez, imitaba todos los movimientos, maniobras y sonidos. Era apadrinado por los choferes de una terminal de ómnibus.

“Agua” tenía Síndrome de Down. Era una especie de mascota en la Terminal de la Víbora. Andaba sin camisa o con la camisa llena de sellos esmaltados. Sacaba su lengua descomunal cuando le gritaban: “¡Agua, saca la corbata!”
También abundaban los locos con manías militares. En los años noventas, por la calle Monte, eran dos, de raza negra, en uniforme verde olivo, con metralleta de madera o fusil plástico, boina o gorra de soldado, sellos esmaltados como condecoraciones y una bolsa llena de trapos y papeles, peroraban discursos.

Sus delirios de grandeza los hacían creerse Fidel Castro o, por lo bajito, el Che Guevara. Tolerados unos años, estos “comandantes en Jefe” desaparecieron, por ofender sus caricaturas al original. Nunca conocemos de la muerte de estos personajes. Un día recordamos que ya no están en el paisaje.

En San Miguel del Padrón merodea un mulato, vestido de tela de yute, pañuelo a la cabeza, ramas verdes atadas a las piernas y profusión de trapos, que afirma ser “el hijo del Diablo”.

Los extravagantes perdieron pintoresquismo porque la extravagancia se hizo uniforme, sin creatividad, la globalizaron modas imitadas de imitadores y pobreza; quien hoy quiera llamar la atención tendría que vestir conservadoramente.


Los locos de hoy no inspiran sonrisas ni canciones, desechos de la sociedad y sus vicios o náufragos de las guerras de África, en su isla desierta de la locura, como “Pepe”, el último vecino del edificio de “La esquina de Toyo”, que se derrumbará con él en cualquier momento.


Y cada vez vemos a más personas hablando solos por la calle, locos o solamente angustiados; pero no son pintorescos, solamente viven en Cuba tras 56 años de poder absoluto del más exitoso loco pintoresco y de sus herederos; sombras suyas sin brillo.

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