lunes, 16 de noviembre de 2015

Cubana de Aviación: La antesala de un infierno

Momentos en que la empleada vendía ron y cerveza.

Por Osmel Almaguer Delgado/ HABLEMOS PRESS.

LA HABANA.- El regreso al país de un equipo de la AGENCIA HABLEMOS PRESS, el pasado 14 de noviembre, estuvo signado por las dificultades que hoy por hoy presenta la aerolínea Cubana de Aviación.

Nuestra experiencia en tierras colombianas había sido enriquecedora hasta que el personal de la aduana nos comunicó que viajaríamos en dicha aerolínea. 
 
El sueño de cinco días de amabilidad, orden, higiene y eficiencia terminó de súbito para mí, pues aunque nunca había vivido la experiencia de Cubana, salvo en vuelos nacionales, sospechaba que la diferencia con Copa Airlines, que nos había trasladado a la tierra del Vallenato, sería radical.

Sin embargo, mis expectativas quedaron por debajo. No más entrar a la cabina se hizo evidente una higiene mal cuidada, tanto en el mobiliario como en la apariencia personal de la tripulación, que a duras penas mostraba a los pasajeros el protocolo de seguridad.

Traté de no predisponerme. Tomé aire para intentar olvidar las dos horas de atraso con que había arribado la aeronave a Bogotá, así como la excesiva confianza con que se trataban algunos de los pasajeros, principalmente cubanos. 
    
Esta forma, degenerada de la famosa “camaradería cubana”, incluyó expresiones en alta voz y un trato ríspido entre las personas, que además utilizaban aquel tono entre el enojo y la ironía.

Durante las tres horas que demoró el viaje, un grupo de cubanos, al parecer amigos o conocidos entre sí, atormentaron la tranquilidad de los que regresábamos agotados o concentrados en el trabajo que nos esperaba en Cuba.

La tripulación les llamó la atención en una oportunidad, tras la cual atenuaron la música reggaetón y los cantos por un momento, para luego continuar con su diabólica ceremonia.

“¿Es esto ser cubanos?”, pensé. “¿Es esto lo que me espera en mi país, lo que estamos condenados a ser para encajar en esa sociedad?”, confieso que pensar aquello me entristeció. Realmente ya me sentía estar en Cuba mucho antes de aterrizar, y lo que percibía no era de mi agrado.

Solo la posibilidad de abrazar a mi familia me consolaba en algo. Solo el momento de entregarles algunos obsequios para demostrarles que los había tenido presentes a más de cinco mil kilómetros de distancia, motivaba mi regreso.

Y mientras pensaba en ellos, inmerso en una suerte de letargo que reforzaba la cercanía de la medianoche, la tripulación del vuelo (349) anunció que se acercaba la “hora de venta de Cubana”.

¿Qué era la hora de venta de Cubana? ¿Acaso tendría que pagar por la merienda; una merienda que toda aerolínea incluye dentro de los costos del pasaje? No, por suerte. Pero aquellos que así lo desearon, tuvieron que pagar por las bebidas alcohólicas (ron y cerveza cubanos) que ofertó la tripulación a un precio entre 1 y 3 dólares per cápita.

Solo después de involucrar a algunos pasajeros en aquella estrategia de venta, distribuyeron entonces el diminuto refrigerio. Recuerdo haber escuchado a una de las aeromozas comentarle a otra, en tono confidencial, que no se había vendido casi nada. Realmente no puedo asegurar que se trataba de un negocio personal, pero eso no importa.

Tocamos suelo cubano a las once de la noche. El aeropuerto estaba vacío. Aún así, después de pasar todos los controles y el maltrato de un funcionario cualquiera de la Aduana, hubo que esperar una hora más hasta que distribuyeron el equipaje.

La sala lucía espantosamente vacía. Sobre todo cuando recordaba los aeropuertos de Colombia y Panamá, que había conocido durante el viaje. Nada de lo que había visto allá se parecía a esto. Era como si lo hubiera olvidado todo en tan solo cinco días, y tuviera que comenzar a recordar.


Volver a recordar dolía. La antesala vivida con Cubana, sin dudas, no estaba ayudando demasiado.   

VIDEOS