martes, 24 de noviembre de 2015

Árboles indeseados en La Habana: La justicia por su cuenta

Vecinos derriban árboles en La Habana ante el peligro inminente de sus casas. El mal trabajo de las Empresas Forestales y de Servicios Comunales ha provocado que la situación afecte a varios vecindarios en toda la ciudad.
Por Mario Hechavarría Driggs/ HABLEMOS PRESS.
LA HABANA.- Los vecinos de la calle Condesa No. 72, esquina a Campanario, en Centro Habana, derribaron la semana pasada una Yagruma de tamaño superior a los diez metros. Ante la pregunta de alguien, uno de los ejecutores expresó medio en broma: “Nos tomamos la justicia por nuestras manos”.
Sin embargo, valga aclarar que no se trata de un sentimiento anti vegetal, sino de la supervivencia de varias familias, cuyas casas permanecían bajo la amenazante caída del árbol. “Si esperamos por la ejecución de los Servicios Comunales, tal vez la mata caiga primero encima de mi casa”, agregó el leñador improvisado.
Semanas atrás, el diario Granma publicó el caso de la señora Adela Heredia Leyva, vecina de calle 100 No. 20639, en Marianao, la cual estuvo esperando durante más de un año a que la empresa encargada cortara tres palmas reales que amenazaban el techo de su vivienda. Finalmente, la Dirección Municipal de Servicios Comunales aserró dos, quedando una todavía al asecho.
Arboles fatídicos no escasean. En el parque Fe del Valle, esquina de Galiano y San Rafael, el tronco de un Flamboyán Amarillo se desgajó sobre un joven mientras hacía uso de la Wi-fi en el área citada, recién habilitada para estos fines.
Por otro lado, una lectora de Granma critica la poda indiscriminada: “Basta salir a caminar para darse cuenta de que los cortes han sido excesivos o a destiempo y en otros los árboles han quedado prácticamente truncos”.
Pero volviendo a la calle Condesa, la Yagruma, árbol alto, coposo, pero de madera quebradiza, curiosamente creció junto a un viejo edificio al que, obviamente, “ayudó” a derribar con su crecimiento en dirección al sol.
Fue todo un espectáculo ver a un joven arriesgarse, trepando por el tronco liso, mocha en mano, cortar la parte superior del tallo leñoso, hasta facilitar su caída con el empuje de quiénes cooperaban desde la calle.
La gente aplaudió cuando se vino abajo la copa del árbol, en tanto algunas señoras aprovecharon para llevarse los despojos vegetales, debido a su utilidad religiosa dentro de la Santería.
En otros sitios de la capital aún permanece la amenaza de árboles al caer, como es caso de la calzada de Zanja, esquina a Espada, donde un caprichoso Jagüey escogió para extender sus raíces el entrepiso de dos antiguas viviendas. Allí crece, orondo, ante la impotencia de los vecinos: “Se precisa aserrarlo; cortarlo sin acciones bruscas que pueden dañar el piso, porque esta casa es vieja y podría venírsenos arriba”.

El opinante está a punto de tomarse la “justicia por su cuenta”, debido a que el trabajo de los empleados de la Empresa Eléctrica, quienes en ocasiones podan las ramas peligrosas, no resulta suficiente.

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