jueves, 29 de octubre de 2015

Juntos, pero no revueltos

Separados del pueblo hasta en la muerte.

Por Francisco Herodes Díaz Echemendía/ HABLEMOS PRESS.

SANTIAGO DE CUBA.- Hay personas que todo el tiempo se preocupan por establecer diferencias de categoría. Los comunistas totalitarios pertenecen a esta clase de estereotipo… y los dictadores Castro no son la excepción de la regla.

Desde el principio del castrismo marcaron  distancia entre ellos y el pueblo, ¡e incluso entre ellos mismos! Los Castro eran una cosa y sus subordinados otra. Así fue, es y será después de la muerte (o al menos, eso creen ellos).

Parece aseverarlo las recientes fotografías tomadas en el cementerio Santa Efigenia de Santiago de Cuba. Es la más rotunda imagen de la desigualdad que impera en Cuba. Con sólo tal ejemplo, los gobernantes de este desdichado país quieren dejar bien sentado que, incluso después de la muerte, ellos son mejores que el resto de los cubanos.

En las fotografías mostradas se aprecia un muro–panteón, fabricado con hermoso mármol rosado. Personas que trabajan con mármoles comentan que el utilizado en el sepulcro es importado. No tengo  esa certeza, pero lo que sí sé es que es hermoso. Para comparar, detrás en la parte posterior del muro donde se enclava el nicho que albergará la urna con las cenizas del dictador, se puede apreciar otro monumento sepulcral. Está enchapado con mármol cubano de color gris, tan abundante en Isla de Pinos, de calidad y hermosura inferior al construido para Fidel Castro.

El nuevo y lujoso monumento, previo incluso al mausoleo que guarda los restos de José Martí, tiene labrados en bronce bruñido, casi como oro, los nombres de cada uno de los asaltantes del Cuartel Moncada. Mas ahora está destinado a guardar las cenizas de los futuros restos de Fidel Castro y demás asaltantes aun cercanos.

Mas para ello no todo el resto de la comunidad mortal pudo permanecer allí en paz. Trabajadores del cementerio, los que no quisieron ser citados por sus nombres, revelaron a este reportero toda una macabra infamia. De modo arbitrario y aun en contra del deseo de familiares, para realizar el complejo constructivo la policía política ordenó la exhumación de todas las personas sepultadas en esa misma área, siendo sus restos destinados a otros  sitios del camposanto.

En otros muros–tumbas, que ni siquiera merecen estar enchapados con mármol, permanecen mustios los nichos de los menos apreciados por Castro en las luchas “revolucionarias”. Incluyen una parte de la oficialidad perecida en Angola y otras tierras, a donde fueron a matar y a morir para alimentar el ego personal del mandamás cubano.


Ante esta imagen, al grito castrista de: ¡Seguiremos en combate!, yo agrego. ¡Juntos, pero no revueltos!

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