lunes, 26 de octubre de 2015

El nuevo paradigma

Por Armando Soler Hernández/ HABLEMOS PRESS.

LA HABANA.- El reloj mecánico-digital fue creado en 1956 por Josef Pallweber, un fabricante de relojes suizo. La primera patente para reloj despertador digital se elaboró en Estados Unidos, por D. E. Protzman and others. El primer reloj pulsera digital, bajo la marca Pulsar, fue producido en 1972 por una compañía norteamericana, Hamilton Watch  Company.

La relojería tradicional suiza, que por entonces ocupaba un 65% del mercado mundial en relojes de pulsera y tenía unos 150, 000 empleados, se negó a aceptar incorporar en su proceso industrial a ese nuevo tipo del reloj digital, prefiriendo la vieja tradición de montaje con partes mecánicas.

Sin embargo la firma japonesa Seiko adquirió la patente del reloj digital de Hamilton Watch en los años 70 del siglo pasado. Y en muy pocos años, desplazó a Suiza como el mayor productor y vendedor de relojes de pulsera. La atónita relojería  tradicional suiza tuvo que reducirse a unos 25, 000 empleados, y donde pocos años antes dominaban ampliamente, se quedaron reducidos a solo un 15% del mercado mundial en relojes digitales de pulsera.

¿Qué había ocurrido tan drásticamente? Que un nuevo paradigma no sólo desplazó al anterior: lo sustituyó casi por completo. Y es que eso es lo que siempre ocurre con un nuevo paradigma: arrasa con lo anterior.

Un desconocido arquetipo comienza a hacer su entrada en una Cuba económicamente paralizada y hasta decadente por decenios: las novedosas comunicaciones personales digitalizadas. ¿Y hasta que punto esto cambia las cosas? Los que ahora chatean y manipulan sus teléfonos celulares con un lentísimo acceso a Internet, agrupados incómodamente en los alrededores de hoteles y otras áreas privilegiadas, ¿constituirán la simiente del nuevo paradigma que va  a arrasar con el modelo anterior de  obsesivo control del Estado con la creatividad  y el empeño por lograr la prosperidad, y hasta enriquecerse, de sus hasta ahora contritos súbditos?

Al omnipresente Estado cubano no le queda otro remedio que aceptar que esas nuevas tecnologías liberadoras (al menos, hasta el perturbado nivel de  control al que se acostumbró por  medio siglo), comiencen a expandirse a límites insospechados por la ágil iniciativa de los díscolos internautas  isleños.
Pero sin dudas no era esa su intención. Más de una vez se hicieron alarmadas advertencias públicas sobre el “peligro” que constituye Internet. Pero por aquello de “a mal tiempo, peor cara”, pretende tomar ventaja con estas nuevas tecnologías de liberación en la comunicación personal del pueblo cubano con ultramar.

Y es que la realidad del mundo moderno llega a un punto en el que no se puede compartimentar en un pequeño feudo de  actualidad para la clase gobernante, y para el resto de la población reservar un árido paisaje de  vida al estilo de los siboneyes. Aunque aun a cuentagotas, o comienza hacer lentamente masiva esa incorporación tecnológica o pierde posibilidades de comunicación,  y sobre todo capacidad de influencia, con el resto del orbe, algo que le es vital.

Está claro que su intención no es repentinamente democrática o de anhelos de prosperidad nacional. Continúa siendo ranciamente totalitaria y lo que pone en práctica en el presente al asfixiante modelo designado para la sociedad (Mao no se cansaba de advertir que un pueblo que deja de ser pobre, deja de ser “revolucionario”), es incorporarle la vieja práctica del control para la detección de proyectos e ideas adversos, y de paso cargarla con la explotación monopólica y tasas abusivas en moneda convertible, tomando todas las medidas que consideran pertinentes  para que los nuevos incorporados a la dinámica del siglo XXI no se salgan de la partitura designada.

¿Pero hasta que punto esto es controlable? De hecho, en la capital están surgiendo empleos y negocios dentro del mundo digitalizado que comienzan a resultar fatigosos de detectar hasta para individuos cuya única tarea es lograr esa localización.  Entretanto, las nuevas actividades se multiplican y divergen en variantes cada vez más ingeniosas y activas. Y no solo resultan efectivas como método de lograr personales ganancias sustanciosas que no remuneran un centavo de impuestos, sino que comienzan a afectar la visión oficial de la realidad nacional y del mundo que el Estado trasmite a diario por la televisión. Cada vez más cantidad de personas se van sumando a un nuevo mercado informativo, dejando de enterarse de lo que le dicen los medios estatales.

Y hasta la labor represiva para impedirlo se va tornando un imposible. No alcanza la “policía   de azoteas”, tratando de desmantelar largas redes de cable que ofertan no sólo el “paquete” de la semana informativa norteamericana, sino acceso mediante wi-fi a la mayor parte de los equipos electrónicos de nueva generación.  Y una vez localizados los infractores, cuyo número aumenta cada día, hay que contar con un aparato represivo diez veces mayor para represarlos e intentar hacer que el terror haga retroceder a otros inquietos que se aventuran  a ser desobedientes.


Más esto es sólo el comienzo. Y al Estado militarizado sólo le quedan dos caminos: o se cierra de cal y canto al mundo, aislándose de la conexión en comunicaciones, o intenta seguir controlando su influencia en el pueblo cubano, lo que la realidad creciente a diario parece dar por sentado que será un fracaso.

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