jueves, 3 de septiembre de 2015

Los griegos no son los únicos equivocados

Tsipras. Fotografía tomada de la web.

Por Armando Soler Hernández/ HABLEMOS PRESS.

LA HABANA.- El desinfle del aun flamante primer ministro Tsipras y la desunión de su propia coalición de partidos en el parlamento griego trajeron la tan previsible caída de un proyecto imposible: recuperar un nivel de vida europeo nacional…sufragado por la Eurozona.

Apenas  tibio el mayoritario “No” del pueblo, pedido por el premier para rechazar el plan de financiamiento del Banco Europeo y al Fondo Monetario Internacional, y recién leídas necias cartas de felicitación, el caballo de batalla de Syriza se derrumbó. Como república parlamentaria, allí el cuerpo legislativo decide la política nacional por mayoría. Y con la ironía de  cuarenta votos en contra emergidos de la mismísima ala izquierda del partido gobernante, el último y más radicalmente supervisor paquete de ayuda fue aprobado con un mayoritario “Sí”.  Obligado a  abandonar el cargo en pleno descrédito, Tsipras y el pueblo griego despertaron a la realidad.

El anterior gobierno de Antonis Samaras  logró una oferta mucho menos intrusiva que la situación dejada por Syriza al iluso pueblo que creyó en sus mágicas promesas populistas. Como primer paso de esta nueva etapa de cesiones, el gobierno saliente cedió a una empresa alemana los derechos de operación de 14 aeropuertos regionales de Grecia. Además, se impuso supervisar la privatización de muchas empresas estatales griegas, inoperantes y cargando con  exceso de empleados.

 En Grecia el clientelismo no es un fenómeno poco común. Contando con once millones de habitantes, el país carga con un millón de asalariados del Estado. Abunda la corrupción burocrática (falsos ciegos y desvalidos cobrando pensiones),  y los sobornos para saltarse una traba o hacerse la vista gorda; plantillas laborales infladas (el ministerio de Agricultura contaba con más de cuarenta jardineros para atender unas cuantas macetas); y era común el personal fantasma que cobraba hasta dos salarios. Además se concedía la jubilación con pocos años de contribución y subvenciones de todo tipo, sobre todo en proyectos ficticios en la agricultura, todo sufragado con créditos europeos al Estado griego.
 
Los países  escandinavos, que disfrutan de un Estado de Bienestar envidiable, lo pueden mantener porque recaudan en impuestos un promedio del 50% del ingreso nacional.  Y es posible porque pese a la poca población, logran una enorme productividad per cápita de alto valor agregado y gozan del elevado sentido de organización en una muy amplia sociedad civil. Así y todo, un Estado de Bienestar como Finlandia, que tiene tasa permanente de desempleo del 10%  de la fuerza laboral y más de un 22% de los jóvenes, con el 49% de impuestos per cápita a la ganancia personal se propone la medida de otorgarle un salario básico mensual a cada ciudadano, trabaje o no, en una típica medida populista que ha dado tan malos resultados en otras latitudes.

Así ocurre con su pariente modelo, el Estado Benefactor en todas sus variantes del clientelismo, desde populistas como algunos de Latinoamérica, pasando por el totalitario-menesteroso de Cuba y concluyendo en algunos países de los más desarrollados (Portugal, España, la misma Grecia), y a todos le cuelga siempre el mismo problema: gastar más de lo que se produce.

Los gobiernos que son arrastrados por este tentador método de conservar el poder  se acostumbran a crear empleo y dar gratuidades que no le corresponden.  Así agregan a su papel rector el de empleador y empresario con privilegios, cuando su función correcta sería promover facilidades impositivas y legales que estimularan a la sociedad civil a organizarse cada vez más por sí misma y de acuerdo a sus intereses más diversos.

Pero este formato es obviado por la inclinación que provoca en las maquinarias de los partidos políticos a utilizar el clientelismo como un mecanismo social y económico para garantizar votos y ganar el poder en las elecciones presidenciales y legislativas. Y sin dudas, en los diversos escenarios mundiales habrá aspiraciones altruistas por parte de algunos de sus protagonistas. Pero en la práctica generalizada, este formato, aunque adornado de justicia social, a la larga provoca más anquilosamiento en la dinámica de la realidad económica y social que sólidos beneficios y sostenibilidad de los programas.

Y tal esquema se vuelve  tremebundo cuando  se impone como modelo salvador. Trae consigo una especie de sublimación justiciera protagonizada por un determinado partido político, encabezado por un líder carismático armado con la verdad absoluta e incuestionable de cómo resolver los difíciles problemas de la nación en cuestión. Y si es lo suficientemente ególatra, hasta del mundo.

En este contexto, casos tan aparentemente disímiles como los de Venezuela, Cuba y Grecia, cojean de la misma pata: fallarles la fuente del numerario para mantener un Estado Benefactor y clientelismo imposibles. En el primero, por dependencia absoluta de un renglón de materia prima exportable; el segundo por agotar la riqueza nacional y parasitar economías extranjeras; y el tercero, por el partido gobernante venderles a los griegos, y estos preferirlo sin pensar mucho, un modelo mágico basado en los haberes que le siga suministrando el resto de Europa para  sostenerles un nivel de vida artificial y repleto de vicios económicos.


Las sociedades no deben ser organizadas y formadas  como pedigüeños o parásitos, al amparo y sujeción del capricho de un Estado distribuidor. Es imprescindible que se les guie y estimule a ser dinámicas, con plenos y crecientes derechos económicos, sociales y con libertad, una representación política seria y responsable. El caso de Grecia, aunque no es el peor,  lo demuestra con creces. 

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