viernes, 11 de septiembre de 2015

El sueño cubano de “ser persona”

Hotel Palma Real de la 2da Avenida.

Por Osmel Almaguer/ HABLEMOS PRESS.

LA HABANA.- Para la mayoría de los cubanos que pueden acceder a las ofertas hoteleras del “todo incluido”, y que no constituyen, por cierto, la mayoría de la población, el argumento principal es ser tratados “como personas”.

“Señor, ¿se siente Ud. bien?”, “buenos días”, “¿en qué le puedo ayudar?”. Las famosas palabras mágicas que tanto nos enseñaban en las escuelas, parecen haber emigrado exclusivamente hacia los polos turísticos del país.

Recientemente, una amiga me invitó a disfrutar de uno de esos paquetes en el Hotel Palma Real, en el polo matancero de Varadero. Comoquiera que se trataba de una categoría “cuatro estrellas”, mis expectativas en cuanto a ser tratado “como persona”, se elevaron exponencialmente.

Otros amigos, que ya habían vivido la experiencia, me habían hablado muy bien de ella, y como para mí era la primera vez, solo tenía el testimonio ajeno para irme haciendo una idea.

Por otro lado, intentaba escapar del stress y la mediocridad predominante en la sociedad cubana de hoy donde, en el mejor de los casos, los demás te tratan con una amabilidad demasiado confianzuda.

Sin embargo, ya en el Hotel Palma Real, el castillo comenzó a desmoronarse cuando vimos el estado constructivo de la instalación. Esta mala impresión fue reforzándose con el paso de los días, en gran medida por la actitud inadecuada de algunos empleados, que tenían la costumbre de hacer estancias en las diferentes áreas del hotel, contando chistes en voz alta y hasta profiriendo malas palabras.

El estigma de ser cubano también nos persigue en estos lugares. Sucedió varias veces en el bar, con reiterados malos tratos por parte de algunos cantineros.
Para colmo, el aire acondicionado, una consola central, estaba defectuoso y, además de no enfriar, goteaba llegando a crear un charco en medio de la habitación.

La mayoría de los productos que se ofertaban no eran de la mejor calidad, por ejemplo, recuerdo que en lugar de jamón nos presentaron una mortadela muy parecida a la que venden por la libreta de abastecimiento. El refresco, cuyas marcas, según los empleados, eran Fanta y Sprite, distaba mucho de la reconocida calidad de estas.

“Es una casa en la playa mejorada”, escuché decir a una joven en la mesa de al lado, cuando accedimos por primera vez a la barbacoa del hotel, luego de dos horas de espera sin que nos colocaran la manilla, que es como la llave a los derechos del cliente.

Me extrañaron las pocas opciones que ofertaban para el divertimento, reducidas a dos piscinas y unos cuantos bares, sin salas de juegos, ni otras variantes. Había un gimnasio, pero solo para los clientes que pagaran el acceso, mientras que los dos restaurantes especializados eran para quienes se alquilaran por más de tres noches.


Amén de todas estas problemáticas, el stress por la vida citadina cedió un poco ante los baños de piscina y la compañía de mi amiga y su familia. Al fin y al cabo, parece que en este país no debe uno andar elevando demasiado sus expectativas, ni soñando que lo traten como persona.

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