martes, 1 de septiembre de 2015

El capitalismo libertario- popular

Por Armando Soler Hernández/ HABLEMOS PRESS.

LA HABANA.- Hace pocos años, el primer ministro británico David Cameron enunció las nuevas premisas que determinarían el rumbo de transformaciones  radicales de la economía de mercado en Gran Bretaña. Se proponía liberar un espacio  mayor y determinante para las fuerzas equilibradoras, reducir el intervencionismo estatal en la vida de los ciudadanos de manera directa o indirecta y facilitar que la vasta mayoría sea la fuerza determinante del nuevo proceso. Esto se tradujo  en el crecimiento del protagonismo ciudadano como gestor e inversionista, con mayor responsabilidad por su propio bienestar y productor de crecientes impuestos, y no sólo un ente pasivo, consumidor de bienes y servicios subvencionados.

Seguidas de un análisis exhaustivo del sistema bancario, el gobierno británico  prohibió por ley la especulación con la expansión artificial del crédito. Desde los mismos orígenes del sistema bancario occidental, las financieras prestaban hasta cien veces promedio el dinero depositado por sus ahorristas, expandiendo el crédito mucho más allá de los depósitos reales que los sustentaban, y todo ello sin reportarles ganancia directa alguna a los involuntarios suministradores del capital, es decir los propietarios de esos depósitos. Ahora los bancos británicos sólo pueden utilizar el dinero de  ahorristas en inversiones o prestamos con autorización de los mismos y en específicas gestiones, recibiendo estos a cambio un interés por el uso del capital. De esta manera, poseedores de depósitos personales tanto grandes como pequeños tienen la misma oportunidad de  ser inversores y ganar de su capital ahorrado.

Estas declaraciones significaron retomar con nuevos bríos la tónica renovadora del capitalismo popular que iniciara la premier conservadora Margaret Thatcher por los años ochenta del siglo pasado. El énfasis radicaba en mayor libertad y responsabilidad económica del ciudadano en pos de su propio bienestar.  El nuevo conservadurismo fue el  punto de disloque de la nefasta ruta del Partido Laborista, promotor incansable de un  nefasto programa de intervencionismo estatal cuyas consecuencias todavía hacen estragos en otras latitudes. Desde 1944, con el ascenso del premier laborista Attlee, durante decenios dominó un fervoroso programa socialista que se proponía la nacionalización o estatismo de todos los sectores de la economía nacional como la manera más justa y equitativa de repartir el ingreso nacional.

Lamentablemente, la consiguiente e inmediata decadencia provisoria que provocara en Gran Bretaña, nación históricamente hegemónica y productiva, patria de la Revolución Industrial, no constituyó evidencia suficiente del fracaso del modelo de estatismo directivo. En esos años, la sensatez y el pragmatismo no lograron brillar por encima de un fracasado formato decadente.

En las sociedades modernas y desarrolladas, los ciudadanos que son absolutamente ineptos para sustentarse no pasan del 3-5% del total poblacional. Para ellos debe hacerse énfasis con toda la subvención y cuidados posibles.  Mas, buena parte  del resto (1) fue mal habituado en la misma práctica. Y es que el ser humano en general tiene una malsana tendencia a acomodarse cuando alguien lo mantiene, aunque sea con poco. Así se degrada a sí mismo, bajando su nivel de vida hasta ese poco que le suministran, con tal de no empeñarse de nuevo en luchar por mejorar.

Por tal razón, el efecto más nefasto del estatismo, aunque no el único, es  no promover una legislación que estimule y facilite las iniciativas personales de progreso legal,  en lugar del clientelismo o la subvención. Por eso la menor afectación de estatus establecidos de esta manera provoca airadas reacciones populares de los que sufren rebajas reales, o mal acostumbradas, como de derecho propio en sus niveles de vida.

Su directo promotor fue la maquinaria política configurada por el periódico ejercicio democrático de las elecciones. Forjada por más de un siglo en la propuesta de las “conquistas sociales” o beneficios de subvención cada vez más variados y mayores  para hacer más atractivos a los votantes sus diversos programas, conforma  variadas tendencias políticas republicanas en los denominados “partidos de masa”, diseñados para la puesta en práctica más efectiva de sus objetivos.

Esta práctica afectó la visión general de la vida como un enérgico ejercicio  de constante e incansable esfuerzo, iniciativa y ahorro como método para lograr metas y ambiciones personales en plena libertad y derecho. Durante mucho tiempo los altibajos financieros y económicos periódicos, provocados por la especulación bancaria estimulada por los gobiernos como método de expansión del consumo y la productividad, fueron velados por el éxito natural de la economía de mercado, el sistema más productivo generado por la civilización en toda su historia, ocultando las temibles consecuencias del clientelismo  a largo plazo. Entretanto, y como secuela aledaña, se conforma una creciente burocracia para administrar esa subvención institucionalizada. Aparte de su atractivo populista por ser una gravosa fuente de empleo, genera ineficiencia, lasitud y corrupción administrativa incluso en las economías más eficientes. Esta estructura, a la par de su creador, la maquinaria política de los partidos de masa, también se transformó en uno de los sólidos bastiones de resistencia  a los cambios y dinámicas modernas que trae consigo la Globalización.
Notas:


1)   En 2012, el 41% de la población de Estados Unidos, probablemente el país más productivo del mundo, recibía algún tipo de subvención. 

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