sábado, 26 de septiembre de 2015

Capitalismo en Cuba, ¿Sí o No?

Imagen tomada por HABLEMOS PRESS.

Por Armando Soler Hernández/ HABLEMOS PRESS.

LA HABANA.- El  término capitalismo, aunque inexacto, es mucho más recurrido que “economía de mercado”, sobre todo en artículos contemporáneos a favor o en contra de esa manera de organizar la economía. O sería mejor decir: No organizar la economía.

Quizás, se recurra más a aquel término debido a que es más fácil de expresar y de escribir. Además de que es innegable que con los años de “pensamiento científico” marxista, en nuestro país este término se cargó de un tufillo malévolo, y hasta voraz, convirtiéndose en “la histórica y permanente conspiración explotadora de un pequeño grupo de privilegiados contra el resto del mundo”.

En realidad, el concepto real y concreto de “capitalismo”, corresponde a una etapa más primitiva del proceso productivo mundial, y específicamente europeo. En ese período comenzaba a jugar su rol, cada vez más preponderante, una mayor masa de dinero en circulación como resultado de un verdadero “salto hacia adelante”, en la productividad de bienes y servicios: La Revolución Industrial en Inglaterra.

Así, el dinero iba sustituyendo a la herencia feudal, la propiedad de la tierra, como riqueza y capital de inversión, aunque manteniendo el concepto acrecentador del “interés” o beneficio que acompañaba a su uso crediticio o como capital en préstamo para inversión.

El concepto de economía de mercado es mucho más exacto para nuestros tiempos que el de capitalismo. El valor de los bienes y servicios que se producen en el mundo en el presente, es lo que realmente representa el capital. Y en cualquier lugar del mundo, el proceso carga también con la plusvalía, o valor agregado que quien lo produce le aporta al bien o servicio creado. Ocurre en todas las economías, no importa el apellido que unos y otros le adscriban.

¿Dónde está entonces la diferencia entre utilizar la palabra capitalismo o economía de mercado?  Pues en que, con el primero, se vela la descripción de una relación económica de propiedad y de apropiación de la riqueza en el presente, que en la realidad resulta mucho más compleja.

Por ejemplo, aunque en el pasado europeo hubo modelos de  importantes sectores de economía estatizada y con carácter de monopolio, lo que se denominó “mercantilismo” (como por ejemplo, en España y Francia), en buena medida el proceso estaba relacionado con el incipiente colonialismo de esas potencias en otros continentes.

En el presente, el modelo estatista de apropiación y redistribución de la plusvalía se guía, en la gran mayoría de los países, por una tasa impositiva a cada ciudadano por concepto de su propiedad y productividad. Así tenemos desde países escandinavos, con un promedio impositivo per cápita del 50%, hasta muchos países latinoamericanos, donde la tasa impositiva no llega al 1%.
Por lo regular, en otros países con una alta o abrumadora tasa de estatismo en la propiedad y el empleo, la apropiación impositiva es indirecta. En la práctica consuetudinaria, no se les cobra impuestos a los individuos de lo que ganaron con su trabajo, sino de lo que dejaron como plusvalía, es decir, de lo que no le pagaron del valor que se creó.

De esta manera, el Estado se apropia de la riqueza que se produce y la emplea en sus objetivos económicos y/o geopolíticos. En la historia reciente, ambos necesariamente no coinciden con el acrecentamiento del bien común de sus pueblos, sino con propósitos de hegemonía y explotación del grupo gobernante.
O sea, que podemos aseverar que el estatismo, sobre todo reflejado en el empleo con carácter excesivamente mayoritario de más de un 30% de la fuerza laboral de un determinado país, es un sistema de estancamiento del bienestar personal general y de expansión de los estrechos objetivos del Estado y quién lo controle.

Quizá la conciencia clara de esta dura verdad hace que no  sorprendan los recientes resultados en la encuesta del think tank norteamericano Pew Research Center, llevada a cabo en medio centenar de países. Versaba sobre la aceptación o rechazo al “capitalismo” o economía de mercado como método económico de bienestar y progreso.

Paradójicamente, en esta encuesta, Vietnam, país que recibiera una verdadera ducha de anti-capitalismo por decenas de años, resultó la nación con el mayor índice a favor, con un 95% de aprobación.

Y para que se constate qué complejo y variable es este mundo en que vivimos, países europeos como España y Grecia, a la par de ¡Japón!, los que nunca como en los tiempos modernos alcanzaran un mayor nivel de vida general, representan los casos de mayor rechazo mundial a la economía de mercado, con un 51% promedio.

Claro, son paradigmas excepcionales. Tanto en países desarrollados como menos desarrollados y hasta subdesarrollados, y tanto los que experimentaron diversos grados de masivo experimento socialista-estatista en la economía como los que no, el promedio de apoyo a la economía de mercado resultó mayoritariamente favorable. Tal es el caso de economías tan dispares como la de Bangladesh, con el 80%, Corea del Sur con el 78%, Rusia y Venezuela con más del 50%.


¿Cuál sería la respuesta mayoritaria en Cuba a esta pregunta de la encuestadora de Washington? 

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