martes, 25 de agosto de 2015

En Cuba: El nefasto juego de “la bolita”

Guía de miles de cubanos, libro de la charada china.

Por Armando Soler Hernández/ Colabora con HABLEMOS PRESS.

LA HABANA.- La lotería es una antigua institución de origen estatal. La inventaron los burócratas en Roma  como un medio para que el Estado obtuviera más ingresos. En Cuba se creó en 1812, a la par de la metrópoli española, y se mantuvo vigente hasta 1898, cuando las autoridades interventoras norteamericanas la suprimieron. Fue restablecida como institución estatal en 1909, por Ley del Congreso cubano (1).

Se la denominó “la bolita” en el argot callejero porque en su origen nacional los resultados se decidían mediante bolitas de madera con números impresos. En audiencias con presencia de público eran giradas y mezcladas azarosamente dentro de un gran globo enrejado. Extraídas por un niño para demostrar la inocencia de la acción, éste “cantaba” la cifra ganadora y entonces se enunciaba qué monto de premio se obtenía con ese número.

En 1959, el flamante gobierno militar hizo desaparecer esta institución por decreto inmediato. Aunque en el primer decenio del “Nuevo Orden” no hubo mayores indicios de que se jugara clandestinamente, todo cambió a partir del fracaso del primer Gran– Salto-Hacia-Delante maoísta-cubano: el mega-proyecto nacional de la Zafra de los Diez Millones.

Por la frustración general que provocara, y quizá para el régimen como uno de los resultados más mortificantes de indocilidad, comenzó a hacerse cada vez más masivo el juego prohibido de la lotería clandestina. Guiándose primero por los números cantados por la Lotería del Táchira, en Venezuela, y luego por la lotería oficial en Miami, desde entonces hasta el presente, los “listeros” o recaudadores de apuestas,  a diario recolectan millones de pesos que  son absorbidos directamente por el mercado negro.

Las crecientes dificultades sin tregua de la isla por decenios, y lo difícil que los impedimentos del Estado transforman cualquier proyecto de interés personal, trajo como consecuencia que la  población  buscara otras vías para solucionarlos.  A la par de las fugas clandestinas del país, otros buscaron lograr  rápida solución a sus problemas mediante el pensamiento “mágico” que aportan las prácticas religiosas sincréticas. Y otros a través de jugar a  la “bolita”, la que constituye otra oferta esotérica más de ganancia abundante e inmediata para cubrir ese costo de la vida que estrangula cada vez más.

¿Cuál será el monto de las cifras que estamos abordando? ¿Qué destino final tienen y en qué se revierten? ¿Cómo las autoridades no pueden controlar esta actividad financiera  ilegal? Necesariamente tiene que haber centros o “bancos” donde se acumulen esas cifras recogidas cada día. ¿Cómo unas celosas autoridades de todo tipo de actividad económica privada no detectan y anulan estas redes? Dado que la recolección de apuestas continúa a diario por todos lados, ¿no se hace evidente que no se emplean  a fondo en su oficio? ¿Y por qué no ocurre así?

Son estas y otras preguntas que puedan emerger sobre tan controvertido tema las que continúan sin respuesta. Por lo menos públicamente, la burocracia e instituciones del Estado nunca mencionan este grave asunto. Y es algo singular, porque sin dudas es uno de los más graves impedimentos para el anunciado plan de unificación monetaria que oficialmente se anunciara hace más de un año.

¿Cómo se puede poner pensar en un plan viable de poner orden y límite a las finanzas públicas y contener en parámetros potables la masa monetaria circulante,  acorde a la capacidad de producción de bienes y servicios nacional, si no se empieza por intentar frenar esta actividad financiera que recauda e invierte en los márgenes de la estrecha legalidad económica permitida?

Constituye un grave error ignorar los efectos nocivos del juego clandestino sobre la economía y sobre todo, sobre la mayor parte de  la población, ya esquilmada de posibilidades legales de progreso debido a inoperantes reglas institucionales. Sin dudas, el mismo espíritu oportunista de los “vivos” que organizan este juego de azar es el que alimenta prácticas tan condenables como las sangrientas peleas de gallos y de perros, donde se  apuestan  cientos de miles de pesos en un morboso y cruel entretenimiento que fomenta el salvajismo y la indiferencia por el sufrimiento de pobres animales.

Por lo pronto, sus efectos en la población son en extremo lamentables. Es alarmante el sutil demoledor resultado que la expansiva difusión del juego ilegal provoca en la capacidad productiva latente de cada cubano, el deterioro que causa en la fe que debe anidar en su propia capacidad de esfuerzo personal, en su trabajo como vía para lograr progreso y bienestar. Sumado al férreo control de las autoridades por impedir mayores iniciativas personales de prosperidad legal que las pocas que son autorizadas y celadas con fijeza obsesiva, el atractivo de la “bolita” se convierte para la mayoría en una falsa promesa de ganancia fácil.


Notas: 1. Enciclopedia Popular cubana,  de Luis J. Bustamante, 1939, Tomo 2, páginas 520-521.

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