viernes, 21 de agosto de 2015

Compartir la celda con un loco (Testimonio)

Fotografía de los archivos de HABLEMOS PRESS.

Por Oscar Sánchez Madan/ HABLEMOS PRESS.

MATANZAS.- Era un hombre alto, afrodescendiente, de unos 50 años. Sus huesos sugerían el hambre y los maltratos de años. Al fin y al cabo llevaba mucho tiempo preso.

Le decían el Loco porque se comportaba de una manera inusual. Lo habían trasladado desde el Combinado del Este, en La Habana, para el Combinado del Sur, en Matanzas, donde yo cumplía mi condena. Los reclusos lo habían golpeado tanto que las autoridades penitenciarias decidieron su traslado.

Cuando llegó a aquel infierno, donde los insultos y los atropellos de los guardias estaban a la orden del día, lo ayudé a arreglar su cama y a organizar sus pertenencias.

“Gracias, amigo”, me expresó con voz temblorosa. Recuerdo que hablaba demasiado, alucinaba, decía que los duendes y las brujas no le permitían dormir durante la noche.

Un día de aquellos me explicó que las cucarachas que merodeaban por el piso y los rincones eran “demonios enviados por Satanás para matarme” y que el director del penal, el Mayor Rolando Brito de Armas, “es el diablo en persona”. Nadie lo visitaba, nunca se supo si tenía familiares.

Cuando los internos salían a trabajar por la mañana, yo, que era prisionero político, me quedaba con el Loco en la pequeña celda. Siempre nos acompañaban uno o dos presos a quienes creíamos confidentes de la Seguridad del Estado. 

La compañía del Loco era difícil, pues hacía sus necesidades fisiológicas en el suelo, y a veces ni siquiera se quitaba el pantalón. Con frecuencia teníamos que exigirle que se bañara y lavara la ropa. A lo que respondía que éramos marcianos, mientras huía en retirada. Era duro dejarlo sucio y sufrir los malos olores durante el día.

Algunos presos lo golpeaban al regresar del trabajo y ver aquel espectáculo. Parecía entender el idioma. A mí no me gustaban aquellos abusos, pero a veces ya era demasiado tarde cuando intervenía.

Sobre su salud mental, el primer teniente Gainza expresaba: “Él no está loco, es un impostor que finge estar enfermo”. Pero a mí no me lo parecía. Nadie en su sano juicio se alimenta de sus propios excrementos, sin vomitar ni sentir la menor repulsión.

Ante los abusos que se cometían con el Loco, los guardias no se conmovían: “¿Para qué?, si lo matan no se va a perder nada; mejor que se muera”. 
 
En cierta ocasión, un interno reclamó ayuda siquiátrica para el enfermo y uno de los carceleros respondió: “Yo no tengo la culpa de que esté preso. Que se joda”.


Pero nosotros nos estábamos volviendo más locos que él, al ser testigos de aquella horrible y prolongada escena, y por más que protestamos, la situación no cambió. El desquiciado sufrió durante 7 meses más aquel cautiverio, y nosotros con él.

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