jueves, 25 de junio de 2015

Cartas desde la cárcel: Prisión Provincial de Guantánamo

Nota: La carta se ha decidido publicar tal y como el autor la envió, sin correcciones.
 
Enviada por Leoncio Rodríguez Ponce.

Después de unos 8 meses esperando, que me hicieran la autorización del conduce al hospital para una radiografía indicada por una especialista en urología! Hoy al fin conducido al Hospital General Docente Dr. Agostino Neto!

Sin embargo no debí ir, y sea cual fuere el resultado de la radiografía, no iré mas. El conduce de hoy fue bastante numeroso iban prisioneros a juicio, a darse fisioterapia en patrulla, y los menos para el hospital. Pero antes de ser levados para la jaula, todos fuimos sometidos a un riguroso registro, completamente desnudos. Nada de llevar fósforos o fosforera, escritos, lapiceros o cigarros.

Luego nos enchakiroron a todos (esposas con unas cadenas alrededor de la cintura, las manos quedan fijadas con las esposas a cada lado de la cintura) De ahí uno a uno para la jaula apretujados y sin mantener el equilibrio, yéndonos de un lado para otro a cada bandazo que da el armatroste, inmovilizados todos por las shakiras. 

Íbamos unos dieciséis prisioneros. El armatoste es un obsoleto B8 de factura soviética, al que les fue adaptada una jaula construidas con unas gruesas planchas de metal con solo una abertura pequeña en el centro superior, planchas ya herrumbrosas y deterioradas por el paso implacable del tiempo y la calor y el sudor ¡Qué vergüenza!

Ya en el hospital destinan a los prisioneros para donde iban, excepto tres que nos quedamos en el hospital, dos son dejados en la sala de penados y a mí me llevaron directo para el lugar donde realiza la radiografía. Veo a mi esposa, solo puedo saludarla pues no me permitieron acercarme a ella. ¡Increíble! Aparte que voy enchakirado me llevan dos esbirros cogidos por los brazos, uno por el izquierdo y el orto por el derecho. Marcelino Tavera (del consejo de dirección ahora todos los días debe ir uno del consejo de dirección frente al conduce) y un militar joven que desde antes de salir no se me despegaba de al lado.  Un verdadero moscón… No soy un asesino, ni terrorista, ni pena de muerte, no soy violento soy un hombre pacifico. No uso armas. Mi única arma son mis ideas y un letrero grande que tengo tatuado en la frente y dice ¡Cambio! Sin embargo así me llevan: como un vulgar delincuente, alguien sumamente peligroso, un asesino, un pena de muerte. En cierto momento les dije a los dos esbirros ¿Qué les pasa a ustedes? ¿Porque ese extremismo si ustedes saben que no soy un asesino ni un terrorista ni nada de eso? Yo sencillamente soy un opositor pacifico ¿Tanto miedo les tienen ustedes a eso? No me respondieron y mantuvieron atenazados mis brazos. Mi esposa nos seguía Un papelito que logre pasar pese a la rigurosa requisa, lo saque del bolsillo mientras me caminaban y lo deje caer. Vire la cabeza y vi cuando mi esposa lo recogió, pues se percató de la maniobra. Iba incomodo, indignado. ¿Qué vergüenza? Llegados a un local donde los dos esbirros suponían era el local de radiografía, mi esposa se sentó en una “silla”. El militar joven no se desprendía de mi brazo, mientras el esbirro mayor hacía indagaciones aproveche y le dije a mi esposa” Vete para la casa yo te llamo a las 2:30 pm” Ella protesto diciendo que se quedaría, pero le replique: “Vete, anda. No ves cómo me tratan estos esbirrosdelante de la gente”. ¿No ves que esto es una afrenta y una vergüenza? Anda, ve para la casa. Ella se fue.
Percatándose el esbirro mayor que ese no era el lugar indicado, se informó con la enfermera que le indico donde era el lugar correcto, y hacia allá me caminaron. Al llegar a este vi que todos los asientos estaban ocupados. Habían veintidós personas en colas, de diferentes sexo, edad, color, dos ancianita y tres ancianitos, una señora de mediana edad que animaba una conversación. Se le veía enferma sin un pelo en la cabeza de seguro debido a la quimioterapia.

Mientras yo observaba y meditaba el esbirro mayor estaba en la puerta esperando que saliera un paciente para hablar con el técnico de radiografía, yo me preguntaba porque demoraban tano los pacientes allá dentro. Por fin el técnico abrió la puerta y el esbirro mayor le dijo algo, aquel continúo su trabajo sin alterar el orden de los turnos según como lo tenía apuntados. Pasaba el tiempo y el técnico atendió unos dos pacientes. Yo supongo lo que el esbirro mayor le dijo “Mire tenemos un hombre ahí sumamente peligroso y es necesario priorizar ese caso y así evitar algún suceso desagradable” Empero, el técnico no le dio mucha importancia y continuo su trabajo sin hacer alteración alguna.

Entretanto yo meditaba y observaba y monologaba ¡Qué vergüenza ¡Mira la cantidad de personas que hay aquí. Deben de haber esperado meses para poder obtener un turno, y ahora deben de esperar varias horas para ser atendidos. ¡Donde está la potencia medica que tanto pregonan los castristas y de la que tanto se jactan! Mira para ahí ¡Que miseria! Esto es un cuadro patético. Así monologaba, y también tengo ganas de ponerme a gritar aquí, abuso, abajo el abuso. ¿Dónde está la potencia medica que tanto pregonan? Casi nueve meses para traerme al hospital y ahora debo esperar 9 horas para ser atendido. Si estuvieran atendiendo a ciudadanos de países donde tienen misiones médicas, les dieran mejor trato y serían más eficientes tal y como haciendo… ¿Y nosotros los cubanos que? ¡Abajo la hipocresía! ¡Abajo el castrocomunismo! ¡Vivan los derechos humanos!

Pasado una hora y algo más abrió y dijo al esbirro mayor que llevara para la sala de penado que el llamaría por teléfono avisando para que me trajera.

Fui conducido para la referida sala me metieron en un calabozo que hay allí, antes pude ver al prisionero común Alexis Varga Alvares, quien esta postrado en una cama, invalido , por haberse tirado de lo más alto del  techo en la prisión el 11 de junio de 2014.

Me tuvieron ahí hasta el mediodía que el técnico aviso que me llevaran. Ya en el lugar debí esperar media hora, hasta que fui introducido en el local de radiografía. El esbirro y el esbirrito entraron. Esta vez, en vez de dos me llevaron tres el otro se quedó afuera, Por indicación del técnico me despoje de toda mi ropa y me puse un batilongo, luego me indico acostarme en la camilla.

Me radiografiaron en distintas posiciones. Cada vez que el técnico iba a hacer o repetir la radiografía mandaba a salir a los esbirros y estos lo hacían de mala gana. Entre una cosa y la otra, estuve acostado en esa camilla algo más de una hora. Hasta una sonda me introdujeron por la uretra para llenarme la vejiga de suero. En aquella camilla yo discurría, miraba el techo, detenidamente observaba el equipo radiográfico obsoleto y con fallas, el falso techo deteriorado, roto en varias partes, las paredes húmedas y verdosas por la filtración del agua y me decía una y otra vez: “Pero, ¿Esta es la potencia medica que tanto pregonan? Esto es un fraude mayúsculo ¿Qué vergüenza?

Al salir no fue sorpresa: apostado en la puerta de salida había un esbirro que no formaba parte de la trilogía que me llevo. Como el local tiene dos entradas, la que pasan a los pacientes que están en espera y otra al frente. Por supuesto por esta entramos, pero los dos esbirros salían por la otra cuando el técnico iba a hacer radiografías. De modo que el esbirro mayor llamo a la sala de penados y mando a buscar un refuerzo para situarlo en la puerta por donde entramos. Es decir dos apostados por una entrada y dos por la otra. ¡Cuatros esbirros!

Después de tanta vergüenza por tanta inverecundia, hubo un momento de orgullo y plena satisfacción. Fue cuando por primera vez me conducían al local de radiografía. Un civil me miro y me saludo: “Cambio” Le respondí el saludo:” Cambio, cambio”. Nunca lo había visto. Debió de haber leído el Cambio que tengo en la frente.

No, de verdad que no voy más al hospital sea cual fuere el resultado de la radiografía, no voy más.

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