lunes, 4 de mayo de 2015

Matrimonios sin amor: ¿Y cuántos vamos a pagar?

Una familia cubana pesca en el malecòn. Foto: Elio Delgado.
Por Osmel Almaguer/ Hablemos Press.

LA HABANA.- Una amiga me dijo que estaba contenta porque le iban a presentar a un extranjero, “y el muchacho es joven”, insistió, “tendrá unos cuarenta”. Ante su determinación, le pregunté por su marido: ¿cómo quedarían entonces las cosas entre ellos?

Para mi asombro él lo sabía todo y ambos estaban de acuerdo con el asunto. Que si la suerte hubiera sido al revés ―afirmó ella― se lo aplaudiría. Por tanto, si las cosas prosperaban con el italiano, la pareja debía separase con el fin de que al menos ella pudiera concretar un matrimonio que le garantizara su salida del país.

El debate sobre este tipo de salidas del país ya es viejo y, si se quiere, hasta manido; pero escucharlo aún de boca de uno de sus protagonistas todavía causa cierta extrañeza, sobre todo cuando personas que no son en esencia buscavidas, lo manejan con la mayor naturalidad y confianza. 

Es menos simple de lo que parece. Conozco mujeres que tienen sexo por dinero a espaldas de sus maridos o incluso a sabiendas de este. Conozco hombres que llevan a sus mujeres a prostituirse, “a luchar”, como popularmente se dice, incluso a algunos que estarían dispuestos a que su mujer se la llevara cualquiera de estos extranjeros con boda y todo, pero siempre con el fin la esperanza diría yo― de tener algún beneficio a cambio. Este caso, sin embargo, ganó por completo mi sorpresa. 

Para ella yo estaba equivocado. Aún su mamá, que era una persona mayor, pensaba en el asunto como algo normal y más que eso, necesario. Ante la comparación, a uno no le queda otra que preguntarse: bueno, ¿y dónde yo estaba cuando cambiamos tanto?

Pues, cuando uno conoce una pareja de la clase media alta, en Cuba, bien posicionados geográficamente, digamos: municipio Playa, La Habana, que no sufren las asperezas de los cubanos de a pie, y que por sobre todas las cosas mantienen una relación conocida por todos como orgánica, saludable, con planes a largo y corto plazo, y luego les escucha decir que todo eso pudiera irse al diablo con la sola aparición de un extranjero en la vida de cualquiera de los dos. Este asunto no puede menos que consternar.

Para explicarme mejor, aquel extranjero aparecería como si fuera un meteorito para irrumpir con prioridad determinante en una relación para la cual siempre se le había conservado el primer cupo. Y esto es un asunto fuera de discusión. Cuando él llegara, sencillamente, ha llegado, por fin, el plan A, el verdadero; lo otro: las caricias, los planes, las salidas y las confesiones de amor, pasarían automáticamente a la condición de recuerdo.  

Lo peor es que dicho comportamiento es muy común. El desespero por salir de la Isla se ha magnificado, se ha convertido en algo sagrado, inviolable, no puedo verlo de otra manera, sus devotos son más estrictos que cualquier otra orden religiosa. Y no estamos hablando ni siquiera de aquellos para los que un comportamiento semejante es de esperar; sino y sobre todo, de los que aparentemente no tienen “necesidades” y llevan la vida en el país como “se les da la gana”. Viven bien pero, ante el llamado del “deber”, son capaces de renunciar a todo; no digo renunciar al amor, que ya parece una palabra mitológica.

Digo renunciar a la totalidad de las cosas el amor incluido solo con la esperanza de convertirse en un ciudadano del mundo, a llegar a sentir la libertad que exhiben sin querer los extranjeros y que en Cuba no parece conseguirse ni siquiera con dinero.  En pos de esa condición humana, las más recientes generaciones llevan preparándose toda la vida. En muchos casos, casarse con un extranjero puede ser la solución para estar fuera de Cuba, el precio todavía es mayor; pienso yo, incalculable.

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