jueves, 23 de abril de 2015

El folclor de los “almendrones” en Cuba

Por Osmel Almaguer/ Hablemos Press.

LA HABANA.- Desde su proliferación en la década de los noventa, a raíz del mal llamado Período Especial, los “almendrones” han pasado a formar parte importante de la cultura cubana. 

Alrededor de ellos ha venido desarrollándose cierto proceso de folclorización, que tiene que ver con la función esencial que cumplen, y las relaciones sociales que dicha función origina.

Un “almendrón”, como todos los cubanos conocen, es un auto americano de los años 40 y 50. Recibieron este sobrenombre debido a su obvio parecido con una almendra gigante.

En el mundo, según he sabido, solo algunos coleccionistas los poseen, más bien por su valor histórico. Sin embargo aquí, en nuestro país, un Chevrolet del 57 o un Ford del 56 no son solo piezas de un descomunal museo rodante. En La Habana actual, si no existieran los almendrones, la situación del transporte dejaría de ser grave para convertirse en caótica. 

Como parte del proceso de folclorización al que hice alusión, surgió la palabra “botero”, que es el chofer del almendrón. Estos carros antiguos cubren los distintos recorridos, imitando las rutas de los famosos “P” (p-1, p-2,…p-n).

No solo son un alivio para el transporte público, que no da abasto, sino que son también una alternativa para llegar más pronto a los lugares de destino. Lo único malo es el precio (10, 15, 20 pesos en moneda nacional), que excede los bolsillos asalariados.

Moverse diariamente en almendrón reclama entre 20 y 80 pesos; lo cual, a fin de mes, resulta una cantidad entre 600 y 2400 pesos cubanos. Es por eso que este tipo de transporte se encuentra reservado a cierta clase de personas, una especie de clase media inferior, que no obstante se distingue por sobre las masas dependientes de la guagua.

Sin embargo, nadie crea que aquellos que pasan sus vidas sobre almendrones tienen todos sus problemas resueltos, pues al resolver el conflicto de la rapidez y el ahorro de tiempo, surgen otros, condicionados por (y volvemos a lo mismo) el proceso de folclorización.

Me refiero a las costumbres y normas de conducta de los boteros en la prestación del servicio. Lo cual es complejo de analizar, porque se relaciona con otros procesos socio-económicos como la migración y la acumulación de capital.

Resumiendo, podríamos afirmar, sin miedo a equivocarnos, que el nivel cultural de los boteros es bajo en su gran mayoría. Ya sea porque vienen del campo, donde no aprendieron ciertas normas de convivencia, o porque no son los dueños de los autos, y por eso no trabajan con la misma motivación.

Lo cierto es que esto repercute lastimosamente en el trato al usuario, el cual, en su mente, seguramente piensa “yo merezco un trato distinguido, porque estoy pagando un servicio que es caro”.

Todo lo contrario. El maltrato al cliente va desde no prestarle la debida atención, hasta dirigirse a él de manera incorrecta, con un tono demasiado alto o grosero, o profiriendo palabras de mal gusto.

¿Dónde quedó aquello de “el cliente siempre tiene la razón”? Ahora es el botero el que tiene la razón. Discute frecuentemente y con ahínco defiende su posición, acertada o no.

Muchos imponen una música estridente, o el carro apesta a gasolina, o los asientos están sucios, o quieren sacar ganancias por el cambio con el cuc, o manejan de manera irresponsable, etc.

Justo es decir que algunos se preocupan porque el pasajero tenga un viaje placentero, y esto incluye las condiciones de higiene y confort del vehículo, sin embargo, la gran mayoría no cumple con estos requisitos. 

Para rematar, está la inestabilidad con las piqueras, la falta de tino a la hora de establecer lugares y cambiarlos para donde se haga necesario. Esta última es una responsabilidad estatal, y por tanto a ellos me refiero.

En fin, es un folclor bastante incómodo el que se ha ido creando alrededor de estos automóviles, que antes de los noventa parecían cansados al circular por las calles cubanas. Es el folclor de la negligencia, del maltrato y la mala educación.

Quienes vienen desde muy lejos para fotografiarlos y hasta montarse en ellos, se llevan contentos el suvenir, la foto que venden en la feria o el cuadro pintado por un mal artista.

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