lunes, 2 de marzo de 2015

Nómadas cubanos: la migración habanera


Por Osmel Almaguer/ Hablemos Press.

LA HABANA.- Casi desde el momento mismo de su fundación, en el año 1519, La Habana o San Cristóbal de la Habana, nombre con el que fuera bautizada en tiempos del conquistador Diego Velázquez, se convirtió en destino para cientos de miles de familias que habrían de migrar, desde todos los rincones de la Isla, atraídas por su prosperidad económica, sus oportunidades o simplemente su leyenda. 

La Habana ha sido también plataforma para aves de paso: aquellas cuyo sueño se encuentra en tierras lejanas, o esas otras que, por motivos totalmente diferentes, siendo originarias de allende los océanos, vienen a carenar a esta ciudad y terminan aplatanándose.

Esto hace de la capital cubana una ciudad pequeña, pero con manías cosmopolitas, donde concurren el árabe oriental y el oriental cubano, el guajiro de origen canario y el español turista. Es La Habana, también, tierra de oportunidades, profesionales ―estas― para escritores, artistas, periodistas, arquitectos, doctores, deportistas, educadores, etc., y afectivas para quienes sueñan con una mulata o mulato y tengan el dinero o lo necesario para conquistarlos. 

Censos recientes, cuyos datos exactos no están en nuestro poder debido a que, comúnmente, estos no suelen publicarse (solo llegan a la población por boca de ciertos periodistas), establecen que en esta ciudad viven poco más de dos millones de personas, y se habla de alrededor de un millón extra, entre visitantes extranjeros o nacionales, trabajadores ocasionales y residentes ilegales.

Ya en los prósperos años ochenta, la orquesta Los Van Van anunciaba que La Habana “no aguanta más”, pero tal vez estaba equivocada. La Habana sigue aumentando su densidad poblacional, y aunque muy pocos hayan aludido a tal cuestión, la inmigración es uno de los factores fundamentales por los que la vida en ella se torna cada día más difícil. 

La cuenta es bastante sencilla: donde hay comida para dos, y comen tres, el per cápita se afecta; donde hay espacio para dos, y se establecen tres, la comodidad ya no es la misma; tres producen más basura que dos. Pronto, esos tres se sentirán tan incómodos que intentarán matarse.

He tenido la oportunidad de conocer algunos de los rincones de la Isla, y podría asegurarles que mientras más lejos se encuentren de la capital, más educación, ética y amabilidad encontrarán. Además, la célebre hospitalidad del cubano es más bien perceptible en el resto de las provincias cubanas, mientras que los habaneros tratamos a los emigrantes con cierto desdén.

Claro está, en esto no solo influye la idiosincrasia de nosotros los capitalinos, sino que también entra a jugar un papel importante la psicología del emigrante; ese andar de contingencia, ese sobrevivir a toda costa, por encima incluso de los intereses de la colectividad.

Uno de los elementos fundamentales en la personalidad del emigrante es la inconformidad: los lleva a abandonar familia y hogar en busca de mejores oportunidades, porque lo que tienen aquí no les basta y se van allá. Valga apuntar también que la inconformidad es uno de las manifestaciones del egoísmo. 

Pero quienes emigran a La Habana son también personas con talento, con ganas de llegar lejos, de abrirse camino en una ciudad hostil, pero generosa.

El emigrante es también esa persona que busca dos, tres, cuatro trabajos; todos los que sean necesarios para fundar y luego cuidar una familia. Con esta imagen prefiero quedarme. Yo, que provengo de una raíz paterna holguinera y que mis ascendientes maternos me remiten a la más occidental de las provincias: Pinar del Río. 

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