miércoles, 18 de marzo de 2015

Escrito sobre “La pared de las palabras”

Fernando Pérez.

Por Osmel Almaguer/ Hablemos Press.

LA HABANA.- El bullicio, la conversación caótica sobre esta guagua, contrasta sobremanera con la película que acabo de ver. Vengo del cine Yara, donde actualmente exhiben el filme cubano “La pared de las palabras”, del director Fernando Pérez.

En él, como ya dije, escasean las palabras; al menos las palabras lúcidas. Y esto se debe a que la mayoría de los personajes pertenecen al mundo de los dementes. Locos internados en una institución habanera, protagonistas y extras que actúan o acaso solo continúan con sus vidas ante el lente. 

Bien conocemos la vocación de este director por el trabajo con actores de “la vida real”; el ejemplo más elocuente lo tenemos en la muy laureada “Suite Habana”. En “La pared…”, fluye una mezcla donde no resulta sencillo discernir entre los locos (¿reales?) y el elenco.

Las palmas para Jorge Perugorría, al que vine a identificar bien avanzada la exhibición. No tan bueno me pareció el trabajo de la talentosa Laura de la Uz; bien logrado en cuanto a expresión corporal, pero poco convincentes sus parlamentos, encaminados (y esto será una falla del guión) a provocar la carcajada. Salvo excepciones, penosas por cierto, los demás actores estuvieron adecuados, sin llegar a la brillantez.

Es esta una película de varias lecturas, con un marcado acento simbolista; llena de alegorías a la realidad cubana, a la política, a la degradación social, la hipocresía, etc.

El argumento: una mujer (Isabel Santos) cuyo hijo tiene una enfermedad psicomotora que lo inutiliza socialmente, al cual se ha venido entregando desmedidamente, ciega en su amor, al punto de olvidarse de ella misma, de su trabajo, de otros seres queridos.

Anda ella de aquí para allá y de allá para acá, ocupándose de su hijo (Perugorría) mientras todo a su alrededor se desploma. Las relaciones con su otro hijo (Carlos Enrique Almirante), su madre (interpretada por la excelsa Verónica Lynn) y el resto de los personajes, son torpes, accidentadas.

Anda hosca, con apariencia de fantasma, convencida de que hay algo que salvar en la condición de su hijo, de cuyo estado, según opinan los médicos, solo cabría sentarse a esperar lo peor. ¿Representa acaso alguna persona o proceso?
Bien trabajada es la fotografía, la alusión permanente al mar, a la degradación arquitectónica que sufre mayoría de edificaciones mostradas, incluyendo el interior del sanatorio.

En este, por cierto, se recrea esa vida precaria y un tanto absurda que tiene lugar detrás de los muros, como si estos y el mar fueran lo mismo, y aludieran ambos a una insalvable incomunicación, a ese muro de palabras que haría a cualquiera parecer un demente. 

Es, el interior del sanatorio, también la Cuba que conocemos los que, desde dentro, sin poder asomar nuestras cabezas en el afuera, intentamos abandonar vía marítima. No por gusto el cuadro que pinta el hijo sano, donde solo el mar se avista, fue colgado como terapia de relajación ante los enfermos.

Somos los cubanos, al parecer, esos locos que al final de la película encuentran la salida del sanatorio y quedan allí, en la calle, bajo la lluvia, como gansos bobos sin saber qué hacer con su libertad.

Mar y semillas, las semillas en el interior de las maracas, las mismas por las que tiene obsesión la novia de Luis (el personaje que interpreta Perugorría), semillas que al final descubrimos que él ha estado intentado sembrar sin que nadie le entendiera; son, en fin, mar y semillas, elementos netamente simbólicos dentro de la película; el primero mejor utilizado que el segundo.

Mar y semillas simbolizan la disyuntiva entre abandonarlo todo; lo que ya está perdido: el familiar loco, la desgracia, el tedio, la pobreza, u optar por sembrar esas semillas, que suenan desde el interior de las maracas, como recordándonos que están ahí, para que crezca un árbol verde y frondoso que pueda dar frutos y sombra, que dé paz, lucidez y prosperidad.

Casi todas las películas de este director, por más que toquen temas escabrosos, por más que pinchen donde duele, tienen esa nota distintiva, esa propuesta final de optimismo, humanidad y fe. Esa es su marca, su firma; algo que he adquirido de él, y que pongo en práctica ahora mismo dentro de esta guagua, donde el calor y el bullicio serían capaces de enloquecer a cualquiera.  

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