miércoles, 11 de marzo de 2015

A propósito de Invocaciones y otros límites, de Laura Domingo

Por Osmel Almaguer/ Hablemos Press.
LA HABANA.- Recuerdo haber leído, en uno de los números de La Letra del Escriba, cierto material dedicado a Herman Hesse, donde el autor de novelas como El lobo estepario, Siddhartha o El juego de abalorios (su extensa obra poética no ha sido demasiado difundida) brindaba algunas valoraciones sobre la poesía.
A grandes rasgos (tengo una memoria demasiado caprichosa) decía algo como esto: no me atrevería a juzgar la poesía de otros, solo podría apreciarla; no hay nadie capaz de establecer cómo debe escribirse un poema.
Palabras sabias, formuladas acaso en la etapa más avanzada de su vida, dónde siempre suelen hallarse las verdades más simples. Se refería (y nuevamente tomo licencia y corro el riesgo de injerir en sus ideas) a que la poesía es una cuestión de sensibilidades, de experiencias y conocimientos compartidos, donde influyen los modelos de recepción dados a cada época y lugar.*
Solo baste decir que hay poetas y poemas cuya sensibilidad es diferente, y que es preferible intentar establecer con ellos una empatía antes que doblegarse al instinto ―humano, al fin y al cabo― de condenar lo incomprendido.
De Invocaciones y otros límites, escrito por la poeta habanera Laura Domingo Agüero (La Habana, 1985), es uno de esos poemarios que reclama la comprensión de lo expuesto hasta ahora. Su estética, determinada por una educación poético-biográfica particular, intenta radicalizar aquellas experiencias vitales que la misma autora pudo haber interpretado como límites.
El pathos escogido, para tal empresa, apela a construcciones epigramáticas, fragmentadas, metafísicas, donde el sujeto parece agazaparse en su dolor. En planos abstractos, que a veces parecen cuadros expresionistas, dispone la autora los elementos del poema, los pone a interactuar formando figuras, estructuras que recrean su mapa interior.
La comunicación fácil no parece ser su objetivo. El acceso a la verdad que cada texto oculta, a través de las llaves que brinda cada elemento, sí. Son esas las llaves del raciocinio; porque la poeta prefiere pensar antes que repetir, y hacer pensar antes que decir. Su mecanismo sensible es plástico, cerebral.
Pero detrás de tal maquinaria fluye el dolor, como combustible. Dolor existencial; confusión de estar viva le quema la memoria. Las invocaciones provocan que ese mismo fuego, al terminar de arder, la deje limpia, dispuesta nuevamente, según se muestra en el poema Invocación, uno de los más extensos y disfrutables del volumen:
Los anaqueles de mi memoria/ están llenos de contiendas perdidas/ No pretendí emular con Espartaco/ o con William Wallace/ o con Hatuey/ Alguien me lanzó a esta encrucijada de metafísicas causas y consecuencias/ sin derecho a la refutación/ A mí también me engendraron para la felicidad/ pero quise conocer los laberintos sin la ayuda de Ariadna/ anduve tras los rastros borrados/ No me quejo, pues la noche/ aunque oscura/ espera el alba a mi lado/ Que exista el paraíso/ aunque me corresponda vivir en las tinieblas.
Pero si bien es justo distinguir aciertos dentro de este libro (ópera prima que le valiera a la autora una preciada mención en el disputado concurso Wolsan–CubaPoesía, 2013), aciertos que, sin dudas, justifican el fallo del jurado; también lo es, para el que cumple la función de reseñar, para la propia autora y para la salud en general de la literatura, señalar aquellas zonas donde el discurso tiende a decaer, y hurgar allí, donde se esconden las causas.
La asunción de una estética como la escogida por Laura Domingo, entraña ciertos riesgos. Cuando lo críptico, cuya incomunicación debería ser atenuada por la perfección de la factura, se torna impreciso, el poema no funciona. La imprecisión en textos como Poema, radica en los violentos saltos semánticos dentro de un texto demasiado corto, donde el lector queda finalmente descolocado, con una vaga impresión:
Pálido sustento/ mirada fija/ Densa brasa de infinito se resbala/ Única guerra de fragmentos me acomoda/ y en descenso la gamuza te devuelve/ aunque todo está tan quieto.
Lo epigramático, que para funcionar debe estar aderezado con cierta intensidad, o en su defecto con virtudes comunicativas, es otro de los riesgos asumidos por la autora, cuyos ejemplos menos logrados conspiran contra una mejor factura del libro:
Doble caída del intento/ Burbuja que estalla por el enigma/ de cantos que no supieron regresar.
De manera general, el volumen, las invocaciones, han sido planteados con una cronología eficazmente lógica. Ante lo que nace, tiemblo ―dice al comienzo y continúa― espero el comienzo frente al lago, desde la esquina de tierra que abarca mi sombra. Para cerrar diciendo: vivo en un país de despedidas. Lo que demuestra una intensión, una conciencia saludable de lo que se quiere alcanzar.
Invocaciones… asoma el sombrero en el salón de la poesía cubana. Contexto caracterizado por la presencia de propuestas heterogéneas, que van desde lo más tradicional hasta posturas de vanguardia; donde la obra de autores de diferentes generaciones precedentes contrasta con la voz de jóvenes poetas que, como Laura, manifiestan su rebeldía, su forma de entender el mundo y la poesía.
* En la determinación de tales modelos influyen una serie de factores sociales y culturales, cuya relación y seguimiento nos llevaría, al menos dentro de esta reseña, por un camino demasiado largo.  

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