miércoles, 4 de febrero de 2015

Perfil de la discriminación femenina en Cuba


Por Osmel Almaguer/ Hablemos Press.

LA HABANA, 3 de febrero.- En las últimas décadas, a tenor con las transformaciones operadas en la conciencia de los cubanos respecto a ciertas cuestiones delicadas, la existencia de la discriminación femenina en nuestro país ha sido tema recurrente en las agendas de sociólogos, políticos e investigadores.

Un buen número de artículos, ensayos y análisis han salido a la palestra, poniendo el tema en boca de la gente, ya sea en medio de un congreso o en las colas de las tiendas.

Pero este cambio de perspectiva solo ha sido posible tras el reconocimiento de nuestra sociedad como un espacio acentuadamente machista; así como también, y aunque sean temas no ocupan el centro de atención de este artículo, se ha tratado la presencia del racismo y de la homofobia, en distintas cantidades y a diferentes niveles.

Todo se origina en un sencillo silogismo que reza más o menos así: no se puede solucionar un problema si antes no se reconoce su existencia. De ahí la obligación a aceptar ―aunque razones de peso y  no la limpia conciencia hayan sido los motivos― que los gobernantes de este país ya no se aferran a la utópica imagen que solían vender, al menos no del todo.

Campañas, la mayoría de ellas auspiciadas en conjunto con distintas organizaciones internacionales, ahora son promocionadas por los medios masivos de comunicación. Se habla de feminismo (conjunto heterogéneo de ideologías y de movimientos políticos, culturales y económicos, que tienen como objetivo la igualdad de derechos entre hombres y mujeres).

No obstante, la realidad indica que incluso cuando las ciencias sociales le han dedicado una de sus ramas, los llamados “estudios de género”, aún no resulta suficiente, pues se trata de una herencia que nos remite a la etapa de las cavernas, cuando posiblemente a algún macho infeliz se le ocurriera arrastrar a una hembra hacia la cueva, tirando de sus cabellos.

Varios miles de años de lucha intersexual, nos han traído a este escenario donde la sociedad, aún machista, comienza a ceder un poco de espacio ante el empuje femenino. Años mudos, testigos de demasiada violencia física y psicológica, infringida por un sector poderoso, física, social y moralmente, a otro disminuido, atemorizado, pero sutil.

Y esta verdad nos sirve de argumento ―aunque no como justificación―, para entender por qué y de qué modo las mujeres cubanas son aún discriminadas. Por qué en los amplios sectores marginales el hombre pega impunemente a la esposa, a la hija, a la hijastra e incluso a la madre. Por qué aún miles de jóvenes son explotadas sexualmente; obligadas, lanzadas por sus “chulos” a las calles.

Más allá, en un costal al que no aludo tal vez por la vergüenza, o porque palidezca ante la gravedad e inmediatez de los problemas ya citados, está la cosificación de la mujer. Asunto casi tan antiguo como la consabida escena de la caverna. ¿Qué derecho nos asiste al insultar a alguien porque sea negra, gruesa, o porque sus rasgos anatómicos no concuerden con el ideal de belleza implantado por la súper ideología occidental?

Sean cuales sean las disposiciones políticas con respecto al tema, las clínicas cubanas siguen recibiendo mujeres maltratadas, que cargan su peso en silencio, a veces por miedo, a veces por resignación. ¿Por qué la Ley no estira su brazo poderoso para impedir que esto ocurra?

Retrocediendo un poco, recordemos que los poderes represivos surgieron para llegar allí donde la conciencia no alcanza. Bien sabemos cuánto tarda la consciencia colectiva de un país en transformarse.

Por eso, mientras dicha transformación tiene lugar, se hace imprescindible ajustar el marco legal que defiende los derechos femeninos, o acaso hacer efectivo su cumplimiento. Para aquellos que portamos un cromosoma “y” en nuestras células, las diferencias entre ambos sexos son en muchos casos de naturaleza sutil. Pongamos un ejemplo:

El pasado 1ro de febrero entraron en vigor billetes de nueva denominación, correspondientes a los valores de 200, 500 y 1000 pesos en moneda nacional. Ninguno de estos, así como tampoco los ya existentes, tiene estampado el rostro de una mujer.  ¿Sucederá como en la religión, donde incluso al supremo creador se le ha investido la masculinidad?

VIDEOS