sábado, 14 de febrero de 2015

Día de San Valentín: La breve estancia del amor en las calles de La Habana

Una familia cubana camina por el Paseo del Prado en La Habana. Foto: Luis Sánchez.

Por Osmel Almaguer/ Hablemos Press.

LA HABANA, 14 de febrero.- El calendario gregoriano reserva un día para casi todo lo que existe. A las madres, a los niños, a los padres, a la independencia, a los héroes, a los animales, a los educadores, a los médicos y hasta a los poetas, al menos durante uno de los 365 días del año, se les rinde homenaje. 

Por supuesto, el amor no podría ser la excepción. Sentimiento tan excelso y controvertido, en cuyo nombre se han escrito y acometido grandes (o diabólicas) obras. Para él, el 14 de febrero, en homenaje a Valentín de Terni, uno de los tres santos mártires romanos del s.III del cual, por cierto, se discute su existencia.

La más curiosa característica de estas celebraciones tradicionales es el efecto maquinal que provocan en las personas. Como si al amanecer del 14 de febrero, una especie de conjuro operara en las mentes de las grandes mayorías, diciéndoles: “Hoy, deberás brindar y recibir amor de todos tus semejantes”.

Entonces, los novios hacen regalos a sus chicas y viceversa. Se intercambian presentes que simbolizan sentimientos. Tal vez, incluso, abren ese día su corazón, tal vez, porque se sienten a salvo de un reprochable patetismo bajo el manto de la efeméride. 

Flores plásticas o naturales, caras o cortadas de cualquier jardín; postales con poemas o sofisticadas; presentes proporcionalmente ostentosos, restaurantes y paseos frente al mar, son las maneras que han encontrado esas mayorías para demostrar el amor. Ese, es el amor que conocen, el que les han enseñado y practican cuando toca.

Pero… ¿alguien sabe qué es en realidad el amor? ¿Si salgo a la calle el 14 de febrero, debería empaparme de amor? ¿Estará en las grandes aglomeraciones de gente que en cada fecha festiva busca un pretexto para interactuar? ¿Estará en la lascivia de las mujeres que me miran, o en el tipo de la esquina que me vigila mientras llego a la Redacción? ¿Estará en lo bien que me siento cuando me vuelvo foco de atención? ¿Estuvo en el muchacho que se quitó la vida “por amor” antes de ayer? ¿Está en la patria? Personalmente, no he encontrado en ellos el amor. ¿Llevarán razón esos que afirman que el amor murió, o peor, que como el Santo romano, quizás nunca existió?

En uno de sus menos conocidos libros, razonaba Schopenhauer: “la verdadera libertad no está en hacer lo que deseas, sino en poder elegir; en decidir lo que deseas”. Ese pensamiento se quedó merodeando en mi cabeza y entonces me di cuenta de que con el amor sucede lo mismo, que su opuesto no es el odio, sino el egoísmo.

Por eso, no he podido encontrarlo hoy, 14 de febrero, en las calles de La Habana. Allí, en las aglomeraciones, solo vi gente deseosa de aliviar sus penas; en la lascivia de las mujeres, solo impulso animal de quienes no me valoraban como ser; en mi excentricismo, orgullo; en el muchacho suicida, debilidad y cobardía, y en la patria, apenas una inmensidad dentro de la cual me sentía (aún me siento) perdido.

Porque esa libertad de la que hablaba el filósofo alemán, que viene de la posibilidad de elección, proviene a su vez de la no necesidad. Eso más o menos es el amor, que no se puede ver ni tocar.

Entonces, finalmente ¿dónde está el amor? Está en quienes dan sin pedir nada a cambio, en mis padres y amigos. ¿Qué se necesita para amar? Independencia, libertad. Pero, ojo: de la suficiencia al amor todavía va un buen trecho; primero, hay que matar el ego.

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