jueves, 16 de octubre de 2014

Historias de vida en Cuba (40 Fotos)



Reportaje gráfico de Luis Sánchez/ Hablemos Press.

LA HABANA, 16 de Octubre.- Hoy, cumplida una vida, pero no un sueño, nuestra generación pensó en un mundo mejor lleno de oportunidades, donde tendríamos la libertad de decidir qué hacer, dónde vivir. Algunos reuníamos dinero para un pequeño negocio, otros para casarse, comprar una casa, un carro…, lo que hicieron nuestros padres en su juventud.

Cuenta Roberto que él se unió al proceso revolucionario desde muy joven, creyó ciegamente en él, fue un soldado fiel. Hoy ve a los que se fueron por el Mariel en los 80 -los mismos a los que él y otros les hicieron mítines de repudio-, convertidos en hombres de negocios, invirtiendo en Cuba,  comprando apartamentos y edificios, arreglando el abandono de 50 años para luego alquilarlos o convertirlos en paladares. Él se pregunta qué paso, dónde cambiaron los caminos. Siente que se burlaron de él, que todo fue una mentira para los que como él se quedaron y hoy no saben cómo llegar a mañana, dependiendo de un pésimo plato de comida que le venden en un comedor para ancianos.

Andrés: “Toda mi vida fui tintorero. Era un trabajo humilde pero me daba para vivir y mis hijos pudieron hasta estudiar. Hoy recibo un retiro de doscientos cincuenta pesos que no alcanza para nada, antes de la mitad del mes estoy en quiebra y no pienso en los gustos que no me puedo dar o darle a mi vieja, que es una maga en la cocina, bueno, en la casa”.

Josefina: “Desde el principio me integré a la FMC, a los CDR, a todo lo que inventaban. Era una mujer revolucionaria. Hoy vendo maní, la pensión no me alcanza para nada, mi hija se fue del país y casi no me ayuda. Bueno, yo no vi con buenos ojos su partida, ¿de qué me quejo? Ahora me toca luchar para subsistir hasta que consiga un asilo. Espero que sea bueno y encuentre un viejo zalamero que me cuide”.

Luis: “Fui dirigente, geólogo, estudie en la desaparecida URSS. Hoy vendo libros en la Plaza de Armas. Con eso saco la divisa para ayudar a mi hija que estudia medicina y comprar las cosas más necesarias de la casa. Nunca pensé que un librero ganaría más que un profesional. En las noches extraño mi trabajo, lo que estudié. Mi esposa me dice: ‘¿Qué quieres, que pasemos hambre?’”.  

Manuel: “Siempre fui obrero; trabajaba en un taller donde hacía manualmente las juntas de cualquier tamaño para las calderas de los centrales azucareros del país. Mi esposa nunca trabajó, cuidaba de la casa y los muchachos. Mi salario siempre alcanzó. No éramos de la clase media, pero teníamos una vida y un crédito en la bodega y en la carnicería. La ropa se compraba en rebaja o fuera de temporada, en eso mi señora era experta. Lo mío era traer el dinero y siempre tener un trabajo, bueno, el mismo toda la vida. Recuerdo el esfuerzo para la fiesta de los quince de la niña: salía del taller para una construcción particular. En los 90 tropecé con una realidad: ya no tenía edad y mucho menos salud, pero tuve que ponerme a trabajar en un estanquillo de periódicos. Hoy no tengo fuerzas. Mi hija y mi nieta nos ayudan con algo de dinero, pero sé que para ellas tampoco es fácil”.

Heriberto cuenta que él tenía una finca sembrada con café, se hacía buen dinero y el gasto era poco. Él tuvo seis hijos, todos varones. Poco a poco se fueron a estudiar y lo dejaron solo, las visitas eran en las vacaciones de los nietos o para fin de año, y eso también era cada vez menos. Uno se fue del país, otro murió, los otros fueron para La Habana, a meter el cuerpo en lo que fuera. “Me era imposible sostener la tierra y los animales, así que en cuanto pude vendí y compré un cuarto en la calle Monte. Hoy tengo que vender maní, caramelos, jabitas…, bueno, lo que aparezca, para ser independiente. Seré sincero: pensé en morir escuchando nuevamente el cantar de un gallo allá en mi tierra”.








































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