sábado, 11 de octubre de 2014

A 146 años del Grito de Yara


Por Gladys Linares/ Colabora con Hablemos Press.

LA HABANA, 11 de Octubre.- Han transcurrido 146 años desde que Carlos Manuel de Céspedes reunió a sus esclavos en el ingenio La Demajagua y después de darles la libertad los invitó a unirse a la lucha por la emancipación del pueblo cubano.

Las autoridades españolas habían conocido los planes conspirativos de los cubanos por el cura de la iglesia de la Purísima Concepción de Manzanillo, quien, violando el secreto de confesión de la esposa de uno de los conspiradores, se los había comunicado al gobernador general de esa ciudad, y así este al capitán general de la isla, quien envió por telégrafo la orden de detención de Céspedes, de su hermano Pedro Javier, de Perucho Figueredo, Bartolomé Masó y varios patriotas más. Afortunadamente, el director del telégrafo, Ismael de Céspedes (sobrino de Carlos Manuel), era un hombre muy inteligente y logró descifrar el telegrama (escrito en código) y pudo avisarle a Perucho Figueredo.

Aunque los cubanos se preparaban ya para alzarse en armas, esto precipitó los acontecimientos. Enterado Céspedes de la orden de detención, decidió dar inicio a la revolución, y en su ingenio La Demajagua pronunció el grito de independencia que luego la Historia registraría como el Grito de Yara.

La víspera del alzamiento el ingenio era un hervidero. Céspedes preparaba el manifiesto; se diseñaba la nueva bandera que los acompañaría al campo de batalla, confeccionada por la joven Candelaria Acosta. También esa noche del 9 de octubre, al conocer que su hermano se alzaría en armas, se le unió Pedro María de Céspedes con unos 400 hombres.

El 11 de octubre, casi al anochecer, son sorprendidos cerca del poblado de Yara, y debido a la inexperiencia militar, así como la escasez de armas de fuego, la confusión se apoderó de los patriotas, que fueron dispersados por los españoles. Junto a Céspedes quedaron solo doce hombres armados, y este, al comprender que aquello era un suicidio, ordenó la retirada. Cuando uno de estos hombres exclamó “¡Todo está perdido!”, cuentan que Céspedes replicó: “Aún quedan doce hombres. Bastan para lograr la independencia de Cuba”.

Carlos Manuel de Céspedes fue un hombre audaz, que con clara intuición salvó la insurrección. Sin embargo, también se dice de él que era arrogante, precipitado al tomar decisiones y excesivamente autoritario. Así, se proclamó capitán general, y luego tuvo que aceptar el cargo más democrático de presidente. Cuando por discrepancias aceptó la renuncia de Ignacio Agramonte al mando de la división de Camagüey, dejándose llevar por sus impulsos lo humilló, lo cual provocó que este lo retara a duelo. Empero, el enfrentamiento no llegó a efectuarse por ser Céspedes el presidente de la República en Armas. De la misma forma depuso a Máximo Gómez de su puesto en Oriente, y más tarde le confió la división de Camagüey, a la muerte de Agramonte.

Pero a pesar de sus defectos -que todos tenemos- no debemos olvidar que Carlos Manuel de Céspedes fue un gran hombre, progresista para su tiempo, que se atrevió a luchar y a morir por una nueva sociedad cubana donde todos tendríamos los mismos derechos.

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