martes, 17 de junio de 2014

Apuntes sobre la poesía de Legna Rodríguez

Por Osmel Almaguer/ Hablemos Press.

LA HABANA, 17 de Junio.- Legna Rodríguez Iglesias, poeta camagüeyana devenida habanera por fuerza de socialización, no solo ha logrado levantar ronchas entre los círculos jerarquizadores de poder, sino que se ha vuelto uno de los fenómenos literarios más polémicos de la Isla.

Es tema obligatorio siempre que, al menos dos poetas, se reúnen ─digo─ para que al menos uno quede como testigo; porque aún en la soledad y la conciencia surgen los “porqués”.

La respuesta suele ser definitiva: ha logrado una sincronía justa entre su literatura y el pulso actual de la sociedad cubana. Contenido y forma se ajustan de manera concluyente a las exigencias de un lector que también ha sufrido las trasformaciones de esta sociedad: se revaloriza ética y estéticamente.

La poesía en Legna Rodríguez ha salido de lo sacro y lo canónico, se ha vuelto tangible, de carne; propicia el intercambio a quemarropa con las circunstancias y las improntas ideológicas de moda: dígase, homosexualidad, carencias económicas, alusiones a una nueva postura cívica, todo esto con una intención frívola y trivial, desarrollada con frescura, que nos proporciona comodidad y confianza, sin mostrar pretensiones trascendentalistas.

El sujeto lírico, pujando en el juego con las palabras, sugiere, en intercambio de aparente ingenuidad, reflexiones que afloran, de repente, sobreponiéndose a lo circunstancial. 

La poesía deja de ser para Legna aquel ente cósmico, casi divino e inalcanzable. Es también una puta a quien masajea las tetas y las entrepiernas. Gime para ella.

Esta irreverencia, que dicho sea de paso, no es inédita siquiera en la poesía nacional, pero ha logrado tener matices distintivos en su poética, hasta el punto de que los jerarquizadores la alaban o desdicen, pero en ninguno de los casos pueden dejar de reconocer su identidad.

Así, el propio Ricardo Alberto Pérez diría de La gran arquitecta, su libro más reciente: Porque en estos textos la palabra alcanza una presencia significativa, que supera, sin dudas, la monotonía, a la que gran parte de nuestra tradición nos ha venido acostumbrando y porque el propio discurso demuele el más mínimo asomo de mediocridad e hipocresía.

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