martes, 3 de diciembre de 2013

No hay peor cuña…

Por Daniel Palacios/ Hablemos Press.

LA HABANA, 3 de Diciembre.- Por más que parezca trillada y “sobreutilizada” la frase que da título a esta columna, créame, ninguna viene mejor para todo el proceso que vive Cuba actualmente.

Desde el año 2008, momento en que se oficializó por constitucionalmente la nepótica  entrega de poder de Fidel Castro a su hermano Raúl, comenzó un proceso de cambios y “relajamientos” que paulatinamente se han convertido en un boomerang para el prestigio y la credibilidad del anciano dictador, ausente casi totalmente de las apariciones públicas desde hace mucho tiempo.

Cada uno de los locos preceptos, egocéntricas movidas económicas  e impositivas políticas que Fidel Castro implementó durante 47 años se han venido abajo y han quedado en un ridículo impresionante, nada más ni menos que de la mano de su hermano.

¿Recuerda usted toda aquella campaña demencial por evitar cualquier rastro de capitalismo en la Isla desde el propio 1959? Vea hacia dónde va la sociedad cubana, aunque aquellos que la “desgobiernan” armen rabietas, manipulen las maneras de lograrlo y acudan a los más increíbles eufemismos para esconderlo. El Capitalismo es el final, pues durante la historia universal se ha demostrado que el Socialismo y su variante más cruda, el Comunismo, son solo las carreteras más largas, dolorosas y escabrosas para llegar a él.

La propiedad privada fue demonizada durante décadas por aquel engendro “pseudo-napoleónico”, luego utilizada como medida desesperada en los años 90 para salvar una caótica economía que se venía abajo aceleradamente, pero siempre limitada. Ahora es una de las principales vías de ingreso de la sociedad trabajadora cubana, aun cuando el control, los altos impuestos y las violaciones a los derechos contractuales y laborales son repetidos e impunes.

Durante años se nos llenó el cerebro con la idea de que todo era para todos y que nunca un cubano quedaría desamparado, además de que los despidos eran rezagos de la “dictadura de Batista”. Pues mire usted cual fue una de las medidas más impactantes de Raúl Castro: la cesantía de más de un millón de trabajadores que sobrecargaban plantillas, no eran aptos para ejercer la labor que se le encomendó y eran centros de anarquía laboral y corrupción.

Esa maldita manía fidelista de querer ser Dios lo llevó a crear un ambiente de improductividad, relajamiento, desvío de recursos, acomodamiento, igualitarismo enfermizo y muchos otros rezagos que sólo tomaron realce desde el momento en que se removieron los cimientos putrefactos del sistema de trabajo cubano. Aunque lo nieguen, esta fue una movida al estilo capitalista que degradó al más pálido tono toda la política llevada a cabo antes del 2008.

Cientos de millones de pesos y dólares se gastaron en la “Batalla de Ideas” para llevar a cabo los programas de Trabajadores Sociales, Maestros Emergentes, Enfermeros Emergentes, las profusas Tribunas Antimperialistas y marchas gigantescas, entre otros.

Ahora, a más de una década de distancia la realidad ha demostrado que fueron un soberano desperdicio de dinero y caldo de cultivo de corrupción al mayor exponente. ¿Cuántos trabajadores sociales aún se mantienen en su labor o no están presos por desfalco, robo y otros delitos? ¿Es capaz usted de decir cuántos enfermeros emergentes ejercen hoy y los que lo hacen con calidad y superan la barrera de la mediocridad? ¿Puede alguien respondernos porqué se debió acudir a un llamado desesperado a los profesores jubilados y reubicados para cubrir la falta de maestros y paliar la desastrosa realidad cualitativa de la educación cubana?

Las acciones de reestructuración educacional, el enfoque en la elevación de la calidad de la enseñanza entre otras acciones, a pesar de que son insuficientes para la gran herida en este sector, resultan un sonado desprestigio para la gestión (si es que mereciera ese término) de Fidel Castro.

El ex mandatario violó durante años la máxima insoslayable de un gobernante, tomar las decisiones que beneficien a su pueblo, no a la mantención de su proyecto político.  El prestigio como país se lo gana aquel que sea productivo y que logre -a base de inteligencia, astucia y buen ejemplo- una buena calidad de vida para su pueblo, además de una política internacional coherente y con la menor cantidad de puñaladas por la espalda posibles, no el que más alboroto y manipulación arme.

Si usted peina canas recordará la intensa cruzada contra el deporte profesional que se emprendió desde inicio de los 60, con punto álgido en la famosa proclamación del “triunfo del deporte libre sobre el deporte esclavo”.  Mire hoy, 54 años después su propio hermano reinstauró el carácter profesional del deportista cubano, gracias a lo insostenible de esa política, que solo vivió momentos de gloria mientras estaba bajo la falda de la extinta Unión Soviética, y en tanto duró la estela de ese matrimonio. Lamentablemente permaneció demasiado.

Las constantes escapadas por mar o abandonos de delegaciones, así como las malas jugadas económicas y desatenciones en el deporte cubano desangraron un movimiento que fue la envidia de muchos y que ahora no pasa de ser un recuerdo, aunque se mantenga la fuerza en muchas disciplinas, pues somos una nación de deportistas.

Asimismo, el levantamiento de las restricciones para rentar habitaciones en hoteles, compraventa de autos y casas, contratación de fuerza laboral en el exterior, capacidad de alquilar autos de lujo, entre muchas otras “liberaciones” -diría que regresos a estatus que nunca debieron perderse- fueron como una torta en la cara de Fidel.

Sin dudas la gestión de Raúl Castro, si bien no pasa ni cerca de lo que necesita el pueblo cubano, ha venido a sumir lo hecho por su hermano durante años en un descrédito total, que lamentablemente aún pasa de incógnito entre nosotros. La gran capacidad raulista de poner cortinas de humo y redireccionar la atención hacia los dilemas personales y familiares evita que el cubano repare en estos temas y acreciente su ya aumentado desengaño.

Pero mucho cuidado, no hay nada más peligroso para un gobernante que la acumulación de sufrimientos de su pueblo, y ya va más de medio siglo de tragos amargos.

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