lunes, 5 de agosto de 2013

Las prostitutas y la acera del Louvre

Esquina del Louvre. Foto del autor.

Mario Hechavarria Driggs/ Hablemos Press.

La Habana, 5 de agosto.- La esquina de la capital, donde se ubicaba el  “Gran Café El Louvre”, nos recibe con su historia celosamente guardada, recuerdos de personajes ilustres, sitio de encuentro de habaneros y visitantes desde hace más de un siglo.

Célebres fueron los jóvenes que a finales del siglo diecinueve, capitaneados por el mítico General Julio Sanguily, se enfrentaron repetidamente a los desmanes del ejército colonialista español. Estos muchachos habaneros llegaron a  custodiar públicamente al Mayor General Antonio Maceo, quien se alojó unos seis meses en el Hotel Inglaterra, ubicado en la famosa acera del  Louvre.

El “Inglaterra” sigue ahí, convertido en el más antiguo Hotel cubano en funciones, hospedando a centenares de turistas, multiplicados en toda el área circundante, marcada por el emblemático Parque Central.

La acera del Louvre es  el paseo de las prostitutas y sus chulos, listos para ligar un turista ávido de placeres sexuales, asequibles por apenas unos dólares, tal vez cinco o diez luego de una hora de apurada satisfacción corporal.

Aparentemente el asunto no parece fácil de alcanzar, digamos que todas las esquinas tienen cámaras vigilantes, repartidas de forma tal que cubren un espacio realmente grande en todas sus dimensiones. No falta la policía uniformada, de día y de noche, tampoco los agentes vestidos de civil. La mayoría corrupta, fácil de manejar.

Aún así uno se asombra porque las mismas caras aparecen noche a noche. En cualquier otro país es factible mencionar nombres de mujeres tristemente famosas con este antiguo oficio, aquí no es posible. La mayoría son ilegales por partida doble, como prostitutas y como residentes en la ciudad, pues al ser provincianas, las regulaciones migratorias internas pueden enviarlas de regreso a su terruño.

Lo peor es visualizar muchachas menores de edad ejerciendo “el más antiguo de los oficios.” Es usual que ronden acompañadas de alguna persona mayor, con rostro “respetable”, tomándose un helado con engañosa inocencia escolar, esperando  un cliente.

Los jóvenes rebeldes, al estilo de aquellos honorables que escoltaron al jefe mambí de nuestra independencia, brillan por su ausencia.

El apóstol José Martí alza su figura a tamaño natural en el centro de la plaza, con el brazo derecho extendido y el dedo índice acusador, advirtiendo simbólicamente lo que anda mal en el país. Lamentablemente lo colocaron de espaldas a la acera del Louvre, mirando hacia la Habana Vieja. 

Las cámaras, los policías, los transeúntes y los turistas, ven o no ven, según sea el caso, los intereses o los valores de cada persona. A juzgar por el panorama y los resultados, una crisis de valores está carcomiendo a la sociedad.

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