miércoles, 28 de agosto de 2013

La desesperanza de un pueblo

Por Jorge Alberto Liriano Linares/ Hablemos Press

La Habana, 28 de agosto.- A escasos días de mi excarcelación, y luego de tanto vagar por las calles haciendo contacto con el pueblo de a pie; con ese hombre o mujer que cada mañana abandona su hogar para emprender su desenfrenada lucha por la subsistencia, me veo obligado a dedicarle éste,  mi primer artículo en “Libertad”, a la desesperanza que sufre el pueblo cubano; porque lo cierto es que uno de los principales problemas sociales que existen en el país es la desesperanza, sobre todo en la juventud.

Para la mayoría de los jóvenes la única opción interesante es abandonar el país. Este sueño incluye a casi todos; desde los hijos de los dirigentes del gobierno, hasta los más pobres y necesitados.

Una pobreza sin esperanza, en la que viven inmersos las nueve décimas partes de la población cubana, agravada por las prohibiciones absurdas y por la persecución y acoso contra cualquier actividad privada.

Para sobrevivir, los cubanos violan las leyes día tras día; unos roban, o adquieren ilegalmente las mercancías; otros, las compran clandestinamente.
A todo este entuerto hay que agregarle las venturas y desventuras del transporte, la alimentación, la corrupción y el burocratismo imperante entre los funcionarios gubernamentales; la “mordida” de la policía corrompida, las drogas, el alcoholismo, la delincuencia y la prostitución.

Entre los muchos problemas sociales que aquejan al pueblo cubano, la falta de vivienda es quizás el más agobiante, y también el de mayores presiones; el déficit habitacional del país es uno de los tantos secretos que el Estado mantiene bien ocultos.

A la larga lista de penurias hay que agregar los altos índices de desempleo, los bajos salarios y el alza de los precios de muchos productos de primera necesidad.

En fin, mis andares sólo arrojan una ineludible confirmación: El país, cada día está peor; nada ha cambiado; incluso, puedo decir que quizás hayan más problemas ahora, pues la represión es mayor.

-¿Qué ha cambiado en la nación?, Le pregunté a un grupo de jóvenes reunidos en un parque, y la respuesta fue unánime: “La situación está cada vez más mala; si algo ha cambiado es para peor”.

Por supuesto, hay ciudadanos que creen a pie juntillas que Raúl Castro está abriendo el camino a un cambio democrático, pero son los menos; casi todos de la tercera edad. Y mientras echan una partida de dominó en la esquina de la barriada, auguran confianza en la voluntad reformadora de la tiranía, y hasta creen el cuento de que se van a emprender reformas económicas al estilo de China o de Vietnam; es decir, aperturas económicas controladas.

No es de dudar que esto pueda ocurrir; aunque sería más de lo mismo, claro está.  El problema reside en que son muchos –principalmente la juventud- los que piensan que esto no es suficiente.

Las ansias de libertad y democracia cada día son más crecientes para los pinos nuevos. Se impone el desarrollo, las nuevas tecnologías, y el derecho a una vida a la altura de la civilización y el modernismo. La época de pensar con el estómago va quedando atrás, entre las ruinas dejadas a su paso por la dictadura Castro-comunista.

A cada paso, por las calles y su entorno, vislumbro un pueblo sin esperanzas; un pueblo hastiado y desfigurado por el rigor del tiempo, de la pobreza, de la necesidad; que a hurtadillas va perdiendo el miedo de hablar, pensar y sentir; aun cuando le hayan robado el alma, la memoria y todo cuanto tenían o eran.

Pero en este recorrido, me faltaba conocer el sentir de los trabajadores por cuenta propia sobre la apertura tan vitoreada por el régimen, y encaminé mis pasos hacia los lugares donde laboran estos trabajadores independientes; pero cuál no sería mi sorpresa al constatar la indignación de muchos, y la desilusión y la desesperanza de otros.

La mayoría coincide, al afirmar que el gobierno los volvió a engañar,  cobrándole exorbitantes cifras por conceptos del impuesto anual; normas y parámetros desconocidos, que a última hora dieron al traste con los ya tradicionales rejuegos y métodos de doble rasero que ponen al desnudo la ambición y los abusos de poder de la dinastía castrista.

En resumen, muchos de los que ayer encontraron una vía de empleo y subsistencia, hoy se sienten estafados y se aprestan a soltar las ataduras del cuentapropismo cubano.

Sin lugar a dudas, es la desesperanza de un pueblo en un país donde ha llegado a sus extremos la corrupción, el latrocinio y el derrumbe ético de la sociedad; es el descontento de la población, mientras una minoría satisfecha -que disfruta y controla el régimen político- continúa dándole la espalda al pueblo y exacerbando la miseria y las desigualdades sociales.

Sólo nos queda una alternativa: La lucha se avecinan tiempos difíciles, complejos y trascendentales, y tenemos que luchar por deshacernos de la tiranía. No hay cambio, ni lo habrá, mientras los castro y sus seguidores continúen en el poder.

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