jueves, 11 de julio de 2013

Son consecuencias, no causa

Por Moisés Leonardo Rodríguez/ Hablemos Press.

Artemisa, 11 de Julio.- En el espacio vespertino del Noticiero Nacional de Televisión del 25 de junio, la periodista Talía González mencionó a los repasadores dentro de su análisis del fraude de venta del examen de Matemática del grado 11, que condujo al procesamiento legal de dos profesores y una trabajadora de donde se imprimió el mismo.

Las deficiencias del sistema educativo, sobre todo el papeleo y las exigencias de la burocracia, junto a la decisión de muchos maestros y profesores experimentados de no continuar en él por la insuficiencia de los salarios y las malas condiciones laborales, han propiciado la aparición de repasadores particulares.

La conjunción de padres preocupados por la instrucción de sus hijos y que además cuentan con recursos económicos para ello, constituyen la demanda a la que ha respondido la oferta de estos profesores. Ellos compensan la deficiente adquisición de conocimientos durante el proceso educativo formal por estudiantes de todos los grados de los diferentes niveles educacionales.

Aun cuando a los maestros y profesores les pague el Estado, el salario es devengado para cumplir el encargo social de estos profesionales y no, como en el caso cubano, para satisfacer demandas ideológicas o político partidistas.

Dicho encargo social incluye la transmisión de conocimientos, hábitos y habilidades que hagan al educando competitivo en el mercado laboral, capaz de manifestar conductas, sujetas a normas éticas internacionalmente validadas, que le faciliten mantener relaciones sociales cordiales y ejercer una participación libre y responsable en la cosa pública en pos del bien común y ser además actores y agentes de propagación de una cultura de paz y respeto al diverso.

Aun a mediados de la década de los 70s quedaban, como por inercia de la época republicana, alta profesionalidad, conductas éticas y amor a la profesión por parte de la mayoría de los pedagogos cubanos, acompañado de un alto reconocimiento social hacia ellos por parte de la generalidad de la población.

Sus salarios, aun cuando fuera gracias a los subsidios del campo socialista, eran suficientes para llevar una vida decorosa y dedicar las energías y tiempo que la profesión demanda. Muchos poseían vivienda adecuada por herencia de sus padres, compartirlas con ellos en vida o haberla adquirido por sí mismos. El transporte, con sus altas y bajas no estaba colapsado como desde hace veinte años. Sus condiciones de vida, y las de estudiantes y padres, no atentaban como ahora contra el normal desarrollo del proceso docente educativo.

Recuerdo mi paso por las facultades obrero campesinas en los años 1968 a 1969 del Vedado y de Centro Habana en los que los alumnos eran incapaces del fraude al nivel que ahora se encuentra. Solo unos pocos elaboraban los llamados chivos que, al menos, los obligaba a estudiar la materia para hacer los resúmenes en qué consistían los mismos.

También era práctica generalizada el encuentro de estudiantes para prepararse para los exámenes con la ayuda de los aventajados en cada asignatura. Los profesores aclaraban dudas días antes de ellos, insistían en las partes esenciales de los temas impartidos pero nunca incluían las preguntas de examen.

Toda la debacle comenzó con la instalación de las escuelas en el campo en la década de los setenta y las campañas de promocionismo. En pos de índices que nadie ha logrado en ningún lugar ni tiempo, se exigió resultados de 100% de aprobados en todas las asignaturas con altas notas como promedio. Es la hermana gemela de la unanimidad de todos en todo como en el parlamente cubano

Los medios se hicieron parte de la absurda campaña en que se jugaban los puestos laborales directores de los centros, docentes y  directivos de educación y los alumnos el otorgamiento de la carrera deseada y el peso de la reprobación social y hasta familiar en muchos casos.

En la década de los noventa desaprobaron varios alumnos de un profesor de Física de enseñanza media. Me contó el mismo que al presentar los resultados al director, militante del partido comunista de Cuba, éste le advirtió que había aplicado el examen sin que los estudiantes vencieran los objetivos, por lo que la responsabilidad era suya.

El profesor, que no identifico porque todavía labora en educación, se vio entre la espada y la pared y como único medio de librarse de la amenaza de la espada, aprobó a todos los estudiantes. El director hoy vive en los Estados Unidos de América después de tirar el carnet de militante al agua mientras viajaba furtivamente en una embarcación rústica hacia ese país.

Este hecho ilustra la presión que se ejerce sobre los directivos para que logren resultados altos aun cuando sean falsos. Dicha presión es transmitida a los profesores. Como esto es conocido por padres y estudiantes, motiva entre muchos de los primeros despreocupación, y entre los segundos, la total desmotivación para adquirir conocimientos.

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