martes, 9 de julio de 2013

Sobran los indignados

Por Mario Hechavarria Driggs/ Hablemos Press.

Nación de reos que no descansa, aferrados acá a una esperanza, marchando con hambre en la plaza, porque es voluntario pero si no vas ¡tú sabes!, si protestas ¡tú sabes!...”

El mundo, y la prensa oficial cubana en especial, está inundado de protestas: “Ocupa Wall Street” en Estados Unidos; “Los Indignados” en España; ahora mismo, airadas protestas en Brasil. Sin embargo, en Cuba parece que no existen motivos para protestar.

No se trata de convocar a la gente a una manifestación inútil, fuera de lugar, ante cualquier cotidiana inconformidad, pero de seguro abundan los motivos si de expresar indignación se trata, cuando tantas cosas andan mal, afectando masivamente a la población.

Como bien dicen los ilustres raperos cubanos, nos secuestraron el valor, agrego, hundiéndonos en la desidia. Basta con la música bailable, ojo, la no censurada, el ron y los chistes. Prostitución del carácter que nos coloca en un círculo vicioso.

Protestas y protestones hay, debería decirlo en femenino, considerando una honrosa excepción a las Damas de Blanco, sobrevivientes entre nosotros; firmes en su actitud, aún después del indulto otorgado a más de cien presos de conciencia. Lo malo es que la mayoría se fue, abandonó la lucha ante la invitación a vivir entre las comodidades del Primer Mundo.

No se trata, como tal vez exageran algunos, de los golpes físicos, de las mangueras chorreando agua a presión en las calles o de policías con escudos y balas de goma. Nada de lo anterior caracteriza a Cuba. Lo esencial es el ostracismo en casa propia, una modalidad muy especial de mi socialismo.

Con un diseño económico donde el estado es monopolizador de los puestos de trabajo, todos los servicios y demás opciones dadas a sus ciudadanos, declararse opositor es como aislarse definitivamente del entramado político-social, incluyendo la posibilidad de ejercer cualquier profesión, o tal vez ejercerla, pero en franca situación discriminatoria.

En el barrio, serás vigilado para siempre; como si fueras un delincuente, y tal vez hasta por los propios delincuentes, que de paso ganan así alguna aceptación ante las autoridades, paliando sus reales delitos comunes. De paso, los vecinos te tratarán a la distancia, temerosos de ser clasificados como amigo o solidario con un disidente político.

Si intentaras permiso para reunirte, realizar alguna actividad pública, por sencilla y pacífica que fuera, la respuesta será un NO, junto a una irónica sonrisa. El funcionario encargado de negarte la solicitud, pensará internamente: “el tipo se volvió loco, se quemó”.

Por eso no paro mientes ante las críticas, filosóficas mayormente, contra las Damas de Blanco, los pequeños grupos opositores sobrevivientes, la bloguera Yoani Sánchez, Los Aldeanos, El Primario y Julito o Los hijos que no quiso nadie. Siempre habrá algo que decirles en contra mientras ellos desafían la cruda realidad.

El miedo es la otra cara del asunto. En los últimos tiempos se han abierto espacios a la libre expresión, cada día es más difícil para las autoridades encerrar a un opinante pacífico. Con la apertura al trabajo por cuenta propia, extendido hasta ahora a medio millón de personas, el monopolio estatal va cediendo ante los imperativos de la crisis económica.

Mucha gente está cansada de tanta muela en la prensa oficial; busca información alternativa y la comenta; sin embargo, todavía te abren los ojos cuando haces un comentario crítico en un Parque. Siempre vendrá un conocido, con ánimos de aconsejarte, advirtiéndote que tal o cual persona escucha, que puede ser un informante, que te van a desaparecer.

El asunto funciona como la costumbre; se reitera sin analizar los cambios evidentes en la Cuba de hoy. Es hora de ponerle un final al miedo y comenzar a expresarse libremente. Ni siquiera las leyes de este socialismo impiden esto.

Por eso admiro tanto a Los Aldeanos, El Primario y Julito o Los hijos que no quiso nadie; inclusive, sin considerar si el Rap es música de mi agrado o no. Nadie en mi país, públicamente y ante cientos de personas, ha dicho hasta hoy las verdades que ellos dicen, con claridad, directamente, sin rodeos.

En este archipiélago mayor de Las Antillas hay muchos motivos de indignación y, a juzgar por las voces calladas, las conversaciones a media voz, mirando hacia los lados, por si viene alguien, sobran los indignados. Por esta razón me creo el decir cadencioso de este Rap:

A veces sueño que hay millones de Aldeanos, no tan sólo dos, a veces sueño que el mundo entero escucha mi voz, y a veces sueño que todo el mundo sueña como yo.”

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