martes, 9 de julio de 2013

Que la justicia no haga silencio

Por Ernesto Aquino/ Hablemos Press.

La Habana, 9 de Julio.- Durante más de cincuenta años, con absoluto desprecio, la tiranía castrista aplastó hasta los más elementales derechos y libertades del pueblo cubano.

En nombre de una ideología perversa y fracasada los genocidas reprimen, encarcelan, persiguen y hasta fusilaron como unos consentidos de la impunidad.

Los poderes internacionales que pudieron detener el crimen prefirieron cambiar la justicia por una reverencia callada, que sólo sirvió para prolongar en ese silencio el dolor y la desesperanza de millones de seres humanos, que terminaron cediendo su fuerza y su razón ante la brutalidad y la muerte, víctimas del miedo de los indefensos y de la soledad de los desamparados.

Sólo unas pocas voces desenvainaron la espada de sus reclamos solidarios y caminaron junto a los perseguidos y marginados, sin importarles las consecuencias nefastas de una confrontación casi suicida.

Cientos fueron los fusilados; decenas de miles los que encontraron la muerte tratando de escapar. Suman centenares, entre los que murieron en prisión y los que fueron sepultados tras los muros del presidio político, sometidos a la crueldad de todo tipo de torturas y tratos degradantes.

El daño antropológico ocasionado por el comunismo, a los pueblos que han sufrido bajo el azote de su flagelo, es irreversible. A partir de la experiencia totalitaria de esa monstruosa ideología, los valores humanos -los que lograron sobrevivir por la rebeldía de los virtuosos- tendrán que pagar el precio de la vigilia obsesiva, como centinelas sujetos a una eternidad dolorosa de alertas incansables.

El humanismo que engrandeció la creación y se tradujo en obras extraordinarias del arte, las ciencias y la literatura, no volverá a ser el mismo.

El hombre tendrá que imitar lo más hermoso y puro de su pasado espiritual, para seguir intentando el rescate de aquello esencial que lo distinguió como ser superior.

Ahora, la tiranía renuncia al falso paternalismo benefactor que estafó la ingenuidad del pueblo con el espejismo macabro de las “gratuidades”; quiere -como siempre- imponer a los ciudadanos la esclavitud de una independencia indigente y menesterosa donde el gobernante, libre de toda responsabilidad con el bienestar del gobernado, pueda observar desde su trono la muerte de los gladiadores que tratan de salvar la vida en un juego letal donde el poderoso siempre tiene la última palabra.

El comunismo -que no acepta su defunción-, en su empeño por sobrevivir a su muerte legal, se sirve de todos los recursos del capitalismo que quiere destruir. Arma su circo, permitiendo la existencia de algunas tolerancias; levanta poderosos muros alrededor de los puentes que inevitablemente tiene que permitir.

Continúa su juego de aperturas mezquinas y promesas que no va a cumplir. Pule, con cuidadoso esmero -aunque con poco talento- sus estrategias de gran simulador.

Y una vez más, los poderes internacionales en un acto de olvido heroico (donde logran sepultar todos los crímenes de la tiranía) saltan de sus asientos, aplauden la farsa y abren sus bolsillos para premiar el gesto de buena voluntad de los asesinos.

Sus razones descansan en un peligroso argumento: “Hay que facilitar una transición hacia la democracia a través de los métodos pacíficos de la comprensión, el perdón y la tolerancia”. Hermoso. Y muy cristiano. Lástima que los benefactores equivoquen al destinatario de su generosidad.

Porque el mensaje, que puede estar muy impregnado de la grandeza del Cristo de Nazaret, también es una licencia del crimen y la barbarie, que parece gritar a todo pulmón: ¡Arriba, comunistas, fascistas y tiranos de todos los infiernos, asesinen, repriman, encarcelen, destruyan; háganse un trono de cadáveres, y gobiernen 50, 100 años sentados sobre ellos; después de todo, siempre tendrán la oportunidad de salvarse a través de una toma de conciencia!

Pero cuando la justicia hace silencio, y distraída de su deber flirtea con el arrepentimiento ladino de las tiranías moribundas, los verdugos aguardan por el descuido de la honra, para brindar en copas de delirio por el error de los hombres sin decoro.

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