martes, 4 de junio de 2013

Los muertos no se matan


Por Ernesto Aquino/ Hablemos Press.

 

La Habana, 4 de Junio.- De la costumbre de hacer, por el gusto de ver cumplida la obra de amor que honra y ennoblece, le nacen a los hombres alas; y como un brillo de sol enamorado, en los ojos cansados de tanto ver el pesar y la miseria humana.

 

En lo profundo y reservado del ser, como un niño cortés y respetuoso, lleva toda la gloria el hombre honrado; y ahí, en lo oculto de la conciencia satisfecha -sin la lujuria del escándalo tramposo-, habita el gozo enorme de cumplir en silencio con el hermoso deber de construir la Patria nueva.

 

Ingrato oficio el que atesora renuncias personales para que nada estorbe la labor de servir; pero acaso por eso, imprescindible y esencial para la causa que ha de llevar la paz por fundamento.

 

Para los cubanos que sufren persecución y cárcel sin que la miel del corazón se les asuste por la amargura de las muchas cadenas: ¡Bendición y Respeto!

 

A los cubanos sinceros del destierro, que mueren cada día por el dolor de  haber dejado la alegría acompañando el sollozo de las palmas que lo vieron partir con la vida de menos: ¡Bendición y Respeto! A los cubanos que profesaron el culto equivocado y militaron en el error llevado del entusiasmo y el interés honesto, y despertaron del embeleso para sumarse a los reclamos de justicia, en nombre de los derechos y las libertades: ¡Bendición y Respeto!

 

Y para esa parte que se volvió indiferente tratando de huir del desprecio esclavista de los acosadores y del agobio que producen las víctimas comunes; y a los que se agotaron en la prudencia, por exceso de amor a los suyos, y a los que se reconocieron incapaces y mal dispuestos de temperamento para asumir compromisos peligrosos; para todos los que marginaron su oportunidad de compartir trinchera con los perseguidos, pero asumieron sus miedos, respetando a los que prefirieron el camino accidentado del sacrificio, dispongamos la bondad y el perdón cuando repiquen, arrebatadas y soberbias, las campanas del triunfo llamándonos al júbilo tremendo y al abrazo infinito, para  que seamos más los obreros de seda y evangelio, que los inquisidores de juicio y de fusil.

 

Pero, ¡Ay de los culpables históricos del crimen y sus bufones serviles, que se revuelcan con su alma de vientre y sodomía, en los desechos  de sus amos miserables!

¿Cómo podrán vivir con su arrogancia humillada por la derrota, condenados a soportar el triunfo de la verdad, la libertad y la justicia?

 

La Patria, estará demasiado ocupada en crear, repartir, y predicar a los pueblos engañados su doctrina de paz con dignidad y su culto al respeto y a la sana tolerancia. Los sentimientos de venganza no tendrán lugar en el amanecer de la patria salvada.

Los enemigos no tienen nada que temer: ¡Los muertos no se matan!

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