Agencia de Prensa Independiente

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miércoles, 6 de febrero de 2013

2/06/2013 12:23:00 p. m.


Por Mario Hechavarria Driggs/ Hablemos Press.

La Habana, 6 de Febrero.- Comer queso es un privilegio en la Habana. En las tiendas se exhibe, pero ni siquiera quienes reciben remezas del exterior pagan su precio. En las calles puede conseguirse blanco -fresco pero a riesgo, ya que su comercialización está prohibida.

Cualquier pueblo pequeño o Batey puede ser el comienzo del camino del Queso. Allí, encontraremos una muchacha con uno de esos nombres propios de la generación cubana de los ochenta. La Llamaremos Yunisleidis.

Yunisleidis, sale de madrugada hacia la carretera central, le ayuda el marido con la pesada carga que habitualmente supera las cien libras. Debería arriesgarse él, pero las mujeres poseen sus artes para vérselas con la policía, y es más fácil que las perdonen cuando las “traban” con la mercancía.

En la carretera, ella alza la mano mostrando  un “billete de a veinte”. Algún chofer le parará y los hay que ya la conocen.  Comenzará un largo viaje hacia la capital. Allí tiene un refugio, “el Punto” -como se dice- donde proteger rápidamente el producto.

Luego a vender, que es otro riesgo, porque todo está prohibido en Cuba y sin embargo se hace: “Vendemos queso porque en el pueblo no hay trabajo” -nos dice Yunisleidis, quien concluye: “y cuando lo hay, el pago no da ni para los zapatos de los niños”.

Su compañera de aventuras, ya que arriesgarse sola no tiene consuelo, continúa: “Nosotras no le hacemos daño a nadie, bastante nos arriesgamos por unos pocos pesos".

"Hay que pagar el queso en el monte, pagarle al chofer, regalar algo en el “punto” y hasta los que lo compran por cantidad nos regatean”.

“Figúrense, son multas de hasta 3000 pesos”, nos dice otra quesera;  si reincides pueden llevarte a juicio, aunque eso depende del policía, a veces te quitan la mitad y te dejan ir.”

Después de una multa, ¿qué hacer? Sencillamente volver al riesgo para pagarla y seguir viviendo; mejor dicho, sobreviviendo.

Sin embargo, cuando vamos al origen de esta tragedia, todo parte de antiguas decisiones, obsoletas después de más de medio siglo de Revolución.

El campesino,  teóricamente, es el propietario de sus vacas, pero no puede sacrificarlas, y la leche solo puede venderla al estado, quien fija el precio. Aclaramos que este ganado es sólo una parte del depauperado rebaño cubano; la otra, mayoritaria, es enteramente propiedad estatal.

Se supone que las añejadas decisiones debieron de dar buenos frutos, pero hoy Cuba duplicó la población de 1959, mientras se redujo a una tercera parte la masa vacuna de entonces.

El país importa la casi totalidad de los lácteos que consume, y no ahora, inclusive lo hacía durante los tiempos de “supuesta bonanza”, cuando existían relaciones privilegiadas con el desaparecido campo socialista.

Pero con las licencias  de trabajos por cuenta propia,  la capital se ha llenado de pequeñas pizzerías particulares. Sin embargo, el Gobierno no permite que se venda queso por la “Izquierda”. El mismo, hay que comprarlo en la “Shopping” a precios altos, y debes salir con el vale  en la mano  si no la policía o los inspectores te lo quitan en la calle.

Si en Cuba no hubiera tantas estúpidas prohibiciones, Yunisleidis no tendría que arriesgarse para vender su  queso en la capital.

Pero todo sigue igual o peor…. es la hora de partir, el marido la apura... los clientes en La Habana  la están esperando.

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