Por
Moisés Leonardo Rodríguez/ Corriente Martiana.
Artemisa,
24 de Enero.- Nunca olvidaré la ocasión en que sugerí a mi hijo Leonardo que se
hiciera profesor de Física y me respondió: “para qué; para ser pobre como tú, a
pesar de todos tus títulos; aquí, hay que trabajar en lo que dé dinero viejo”.
Respuestas
similares, las experimenté con muchos de mis alumnos a lo largo de los años del
ejercicio del magisterio; sobre todo, después de la crisis nacional oficialmente
denominada periodo especial en tiempos de paz, a pesar de que la gente de a pie
nunca hemos tenido paz.
Las
causas de que sean pocos los que decidan ejercer el magisterio, no se limitan a
los bajos salarios, sino que se le unen otros factores que hacen de ésta
profesión algo poco atractivo para los jóvenes, pues también antes de 1959 los
salarios no eran de los más altos, y a pesar de ello, sobre todo gente pobre,
llenaba las matrículas de las escuelas en esta especialidad.
Uno
de los factores que influye en este rechazo, es el pobre reconocimiento social
a los pedagogos. Un botón de muestra de esto, lo brinda el testimonio que me
dio un antiguo colega de cuando trabajábamos en la Academia Naval, a comienzos
de la década de los años ochenta.
Me
reencontré con este ex colega, Víctor, mientras hacía la cola en la Oficina de
Intereses de EE.UU con el objetivo de visitar a sus hijos en dicho país. Me
contó que al encontrarse con un viejo amigo, éste le preguntó por la vida de él
y su hermano. Víctor le hizo saber, entre otras cosas, que su hermano se había
hecho médico, y él profesor. El amigo le respondió: “menos mal que tu hermano
estudió algo”.
El
promocionismo, consistente en aprobar a estudiantes que no vencen los objetivos
de un grado, para cumplir las metas políticas impuestas a la profesión, y de
paso no afectar la imagen y el salario
de los maestros y profesores, daña a los estudiantes que reciben, con el
aprobado, un mérito no merecido, con lo que se educa en la vida en la mentira y
la doble moral, que en realidad es ausencia de ella.
La
crisis denominada periodo especial -que siguió a la caída del bloque socialista-,
y la existencia, desde entonces, de una economía de supervivencia, condujeron a
escaseces, aumento del precio de productos básicos, y por tanto al éxodo de
muchos profesionales del ramo hacia otras actividades mejor remuneradas. A
partir de entonces, el desinterés por estas carreras ha crecido de modo
exponencial, y de igual forma la calidad de la educación brindada por el sistema
educativo.
El
excesivo número de alumnos por profesor, en las aulas, afecta la necesaria
atención a las diferencias individuales de los mismos. La poca, o ninguna,
preocupación y ocupación de la familia en el apoyo a la escuela y al proceso de
aprendizaje de los hijos, atenta también contra la eficiencia del sistema
educativo y el reconocimiento social de sus artífices.
No
escapan, maestros y profesores, del excesivo papeleo, el formalismo y el
esquematismo en la preparación e impartición de las clases al ser inexistente
en el país la libertad de cátedra que tanto enriquece la labor de los docentes,
al permitirles a estos últimos inyectarles creatividad y experiencias positivas
al proceso docente, y no ajustarse pasivamente a la normas impuestas “desde
arriba”.
La
injerencia de lo ideológico y lo político-partidista, en la educación, perturba
sus propias bases, que deben ser universales y generales para, respetando la
individualidad de cada estudiante y su libre albedrio, dé margen a las
elecciones de los individuos entre la diversidad de las opciones ideológicas,
religiosas, político partidistas y otras, aprendidas sin que la escuela de preferencia
a algunas de ellas en particular.
La
escuela, como advirtió el Apóstol, Sólo debe brindar la preparación para la
vida de sus educandos. Para una vida en la verdad, en el desarrollo de
conocimientos, hábitos y habilidades para lograr, con el esfuerzo y el trabajo
honesto, el propio sustento decoroso y el de la familia que algún día se ha de
formar; formando, al mismo tiempo, un
ciudadano libre, informado y responsablemente participativo en las cuestiones
que atañen a todos en la sociedad.
Otro
factor que desestimula la inserción en carreras pedagógicas, son las pocas
oportunidades de sus profesionales y técnicos para prestar servicios en el
exterior, y así mejorar sus niveles de vida en pocos años. Téngase en cuenta
que un colaborador cobra un promedio de 5000 dólares al año, durante una misión
en el exterior; pero en la isla, el salario promedio es de alrededor de 20
dólares mensuales, para un acumulado de 240 al año.
Es
hora de que las reformas oficialistas incluyan la incumplida promesa de Fidel
Castro, contenida en el alegato La Historia me Absolverá, cuando dijo: “A los
maestros se les pagaba un sueldo “miserable”, cuando en realidad debían ganar
un salario suficiente para poder “dedicarse por entero a su sagrada misión”.
Lo
anterior, sigue siendo tan cierto como que esa “sagrada misión” la podrán
cumplir realmente maestros y profesores cuando se rompan los esquemas
ideológicos y político-partidistas impuestos al sistema de enseñanza, y al
fin puedan actuar profesionalmente, de
forma libre e independiente de toda atadura, y nutriéndose de las mejores
experiencias en este campo, tanto nacionales como internacionales. Lo demás,
son fuegos fatuos.

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