Agencia de Prensa Independiente

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domingo, 2 de diciembre de 2012

domingo, diciembre 02, 2012
Esquina de basarrate y Amargura, ante iglesia del Cristo. - Foto J. Leygonier

Por Jaime Leygonier.
La Habana.- El historiador de La Habana es responsable de lo que se ha salvado, y no lo es de lo que se pierde.
El Dr. Eusebio Leal Spengler, es considerado por los cubanos profesionales de la Historia como un ignorante; pero explota su singular encanto y oratoria de relumbrón y muestra gran talento para atraer donativos extranjeros.
Se rodeó, en los años 90, de subordinados sin título de Historia para las labores de arqueología y restauración; pero sin embargo, tuvo al menos a un profesional de la Historia trabajando como peón de albañil, castigado por sus ideas políticas.
Se adelantó a su tiempo en la comercialización de la vida cubana y logró salvar un número de edificios y darles aire siglo XIX, sobre todo en la calle Obispo -no sin desaciertos-, porque su talento es de quincallero y no de historiador.
Creó una escuela de oficios con financiamiento español.
"Extravió" los documentos de su predecesor en el cargo, declarando Monumento Nacional a la Iglesia de Jesús del Monte -condición de monumento que consta en la prensa, lo cual lo exime de repararla.
No impidió las alteraciones interiores y exteriores del edificio de la Compañía de Teléfonos, aunque ocurrieron antes de 1982 y hubo rumor de que se opuso.
Afeó áreas, obstruyendo su acceso al tránsito automotor, con barrotes empotrados en el suelo y cadenas. Para que no pisen el césped  en los parques del Capitolio Nacional, los rodeó de cercas que aunque imitan el Neoclásico  alteran el monumento.
Construyó monumentos por mera adulación a extranjeros -posibles donantes- o por coyunturas políticas. Así, a la pared de la calle Obispo, del Palacio de los Capitanes Generales, le adosó placas conmemorativas sobre extranjeros célebres, y hasta una piedra de una catedral europea destruida por la Segunda Guerra Mundial.
Restauró casas -en las que presuntamente pernoctaron Bolívar, Von Humboldt y otros famosos-, con donaciones de sus países respectivos. En 1991-92 tenía, a la vez, 18 de estas obras en restauración con una sola brigada de obreros que trabajaba de tarde en tarde en cada una se interrumpía su labor.
Desordenado malabarismo: En "la casa de Humboldt",  los restauradores descubrieron pinturas murales, y luego de su trabajo minucioso tocó a los albañiles hacer un techo y deteriorar con mezcla esas pinturas.
En la casa que Castro regaló al pintor Guayasamín, pintaban primero la pared, y después la rompían;  luego de su inauguración la cerraron, porque se inundaba por olvido de hacer desagües en el patio.
Le impostó, a la Avenida del Puerto, una estatua al comerciante  japonés que circunvaló el mundo, calificándolo erróneamente de samurái y representándolo con los dos sables. Construyó la desaparecida fuente y estatua a Neptuno, -obra que en el siglo XIX era censurada por su fealdad-, y desenterró  y expuso los cimientos de la Maestranza y los cañones de la cercana batería.
El resto, comercios, coches, echadoras de la suerte y hostales para extranjeros, tiene un valor histórico dudoso e incluye alteraciones de sitios históricos, como el templo regalado por Fidel Castro a la Iglesia Ortodoxa Griega.
Fomentó la antiquísima superstición de dar la vuelta a la ceiba del Templete el día de San Cristóbal, pero alterando la tradición con un detalle… echar dinero.
Un árbol, laurel de parque, crece sobre el muro de los almacenes de "La Moderna Poesía", a apenas 50 metros de la calle Obispo, arteria principal de la restauración; el edificio es histórico, exhibe una placa de mármol histórica en sí misma.
Peor suerte toca a las viviendas de cubanos comunes.
¿Era -es- un imposible arrancar esos árboles cuando eran arbustos?  Si esa pequeñez fue -es- un imposible, ¿existía voluntad gubernamental, seriedad, al decretar protegidos por el Estado a esos edificios?
En La Habana Vieja los extranjeros transitan por las aceras; los cubanos, hace años, que transitan por  la calle por miedo a que les caiga una ventana, pedazo de cornisa o balcón, o aguas fétidas.
La mendicante restauración de La Habana Vieja huele a proxenetismo de donaciones, a fraude, y ha sido como la decoración de un cuarto hecha por un niño desordenado que amontona chucherías y joyas. Algo se salvó y mucho se pierde; los árboles en los techos son testigos.

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