Agencia de Prensa Independiente

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domingo, 2 de diciembre de 2012

12/02/2012 12:13:00 p. m.
Calle Basarrate. - Foto J. Leygonier

Por Jaime Leygonier/ Hablemos Press.

La Habana.- La Habana Vieja es la parte antigua de La Habana. En 1982 la UNESCO la nombró patrimonio de la Humanidad, y ello interesó al Estado cubano en restaurar y embolsarse donaciones extranjeras, pero la incapacidad económica y la incuria propia del socialismo real destruyen a la capital de Cuba.
Arboles añosos crecen en muros y azoteas de edificios: Una restauración requiere inversiones, para impedir la destrucción por un árbol  bastaban un obrero y una escalera.
Años antes del nombramiento de La Habana Vieja como patrimonio, el Gobierno publicó planes sobre su demolición paulatina; demolería hileras de manzanas para hacer grandes avenidas con árboles, en lugar de las estrechas calles coloniales, y conservaría "algunos edificios de valor histórico".
En 1982, gratamente sorprendido por la UNESCO, se vanaglorió de que La Habana Vieja fuera declarada patrimonio de la Humanidad gracias, dijo,  a su respeto por los monumentos  históricos -que no pudo destruir por incapacidad constructiva.
Ahora, lo mismo que salvó a La Habana Vieja: la incapacidad constructiva y ausencia de iniciativa privada -característica de este tipo de regímenes-, el tiempo y los elementos, la condenan a destrucción.
No bastan proclamaciones de la UNESCO, ni decretos  estatales, si no existe una economía en que los habitantes e instituciones  puedan reparar sus propiedades respetando los requerimientos de restaurar un monumento histórico.
Siendo el Estado totalitario el único propietario y dispensador de recursos, -estado en bancarrota que depende de donativos para reparar edificios que con dudoso respeto por la Historia convierte luego en quincallas para turistas-, la restauración ha sido anárquica improvisación.
Aunque existen magníficos planes archivados esperando que caiga el maná del cielo para su realización.
Mientras, donde se cae un edificio queda un espacio durante años, hasta que lo convierten en un parque para disimular ante ojos extranjeros el derrumbe nacional.
Al tratar el tema de la conservación del patrimonio, existe la tendencia de ver las piedras y perder de vista al hombre, heredero de ese patrimonio.
La UNESCO, con su declaración -seguida del eufórico decreto estatal de protección- brindó a los habitantes de La Habana Vieja una esperanza ingenua de que sus hogares serían  reparados por el Estado paternalista o por los extranjeros  inversionistas.
Sus cartas desesperadas, solicitando al Gobierno la reparación, enfatizan  el valor histórico de los edificios. Pero las respuestas dilatorias terminan cuando el edificio se derrumba.
Es imposible hablar de La Habana Vieja y de su restauración verdadera y falsa sin referirse al historiador de La Habana -cargo estatal- su feudal gestor  y gerente, y sin enumerar algo de lo hecho. (Continuará).

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