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viernes, 7 de diciembre de 2012

A la sombra de la muerte

Prisión de Aguica en Matanza


Por Jorge Alberto Liriano Linares/ Hablemos Press.

Camagüey, 7 de diciembre.- Durante más de medio siglo de dictadura militar, las superpobladas instalaciones carcelarias, a todo lo largo y ancho de la Isla,  han jugado su pertinaz objetivo como letales máquinas de destrucción y muerte.

Las prisiones cubanas, construidas al comienzo de implantarse el régimen comunista, fueron concebidas con la marcada señal de someter al pueblo por medio de la represión y el terror.

Llegaron los tiempos del miedo para los humildes pobladores de  la patria de Martí. Desde  entonces, la isla se convirtió en la mayor cárcel del mundo, y millones de cubanos -de generación en generación- empezaron a perder su juventud, sus sueños y aspiraciones, víctimas de la arbitrariedad, las desigualdades sociales y las injusticias del sistema.

Las cárceles se convirtieron en almacenes y cementerios; las acciones excesivas, como la falta de derechos y garantías procesales  para demostrar la inocencia, contribuyeron al desastre humano  del sistema carcelario. 

Bajo la sombra de la muerte, víctimas de la acumulación histórica, hoy, Cuba ostenta el mayor índice de población penal del hemisferio occidental, con prisiones abarrotadas donde el  odio, la violencia y los más degradantes tratos crueles e inhumanos, se conjugan con la corrupción, los abusos de poder y la impunidad;  factores todos que contribuyen a la desvalorización del concepto humano.

Las experiencias, vividas en carne propia, evidencian cómo  hasta nuestros días -en las prisiones  ubicadas en territorio camagüeyano-, no existen condiciones mínimas para la vida humana. En las instalaciones carcelarias predominan altos niveles de hacinamiento, insalubridad y contaminación ambiental. La carencia de agua potable, incide en la falta de higiene de los locales de encierro, la pésima elaboración de los alimentos y la higiene personal de los confinados. 

A todo esto, se suman las precarias condiciones de las redes hidráulicas y sanitarias, la obstrucción de desagües y turbos, o letrinas, las enormes filtraciones en los techos y la deficiente iluminación y ventilación, por lo que son muy frecuentes las enfermedades diarreicas agudas, producidas por parásitos, bacterias y virus, microorganismos cuya  única vía de transmisión es a través de alimentos descompuestos y aguas contaminadas.

En la actualidad, cientos de reclusos de la prisión provincial Kilo 7, permanecen hospitalizados; contagiados a causa de la epidemia del cólera, propagada por las condiciones de marginalidad en que viven y son tratados.
Como frágiles vasijas de barro, centenares de seres humanos pierden la vida cada año como resultado del contagio epidemiológico, tras los muros de las cárceles cubanas.

Hoy,  el cólera castiga impunemente la población penal en casi todas las instalaciones carcelarias del país, donde no se  deben descartar otras, como la tuberculosis, el sida, la lepra y la escabiosis -o sarna-, que son vistas como algo común, precisamente por la falta de higiene. 

Lo cierto es que la barbarie, en las instalaciones carcelarias en esta región del país,  está muy  vinculada  a la enorme tendencia de los militares a la  anarquía, que con sus inoperantes métodos represivos, su marcado  desprecio y falta de vocación humanista tergiversan la razón rehabilitadora.

En la actualidad, sobran las evidencias de cientos de lesionados cada día, producto de las brutales golpizas y crueles torturas. Cada año, la cifra de muertes en extrañas circunstancias, asesinatos y suicidios, se disparan. A ello, hay que  agregarle  el hambre, -como mecanismo de castigo- con su elevado índice de  desnutrición; todo  ello, y más, gracias a la impunidad con la que opera el sistema judicial en estrecha complicidad con  el crimen y  el vandalismo; pero  es muy importante considerar, que tan monstruoso deterioro, como los crímenes y actos violatorios en los centros carcelarios del país, son también de orden político, pues para nadie es un secreto que el estado, y su  máxima dirección política -a través de todos estos  años-, se ha auxiliado de la represión brutal para mantenerse en el poder.

Por eso, no hay que extrañarse que el gobierno se haga de la vista gorda, y finja ignorar todo ese genocidio carcelario; a fin de cuentas, la corrupción de la política y la ausencia de democracia son males arraigados en esta nación, y la conexión entre el gobierno y la corruptela militar es muy estrecha, por lo que no hay que dudar que justifiquen, encubran y estimulen el espiral de violencias y de degradación del sistema carcelario, que ya ha rebasado todos los límites concebibles, y constituyen una violación masiva, flagrante y sistemática  de los derechos humanos  y la legislación internacional.  

Tal vez sea necesario refrescarle la memoria a la cúpula dictatorial y a sus connotados torturadores y asesinos, recordándoles que el principal objetivo de los gobernantes de una nación, debe ser la garantía de la dignidad plena del ser humano, algo que sólo se construye sobre valores humanistas, sentimientos de justicia y  respeto a todos los derechos, especialmente el derecho a la vida.
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