Agencia de Prensa Independiente

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lunes, 26 de noviembre de 2012

11/26/2012 11:45:00 a. m.
Por Ernesto Aquino/ Hablemos Press.

La Habana, 26 de noviembre.- El fracaso, tiene muchos espejos en la historia; están hechos con la ilusión de todos los hombres que alguna vez se creyeron poderosos.

Más de 50 años de despotismo impune, debe parecerle suficiente tiempo para probar la inmortalidad de una tiranía sostenida por el abuso, los encarcelamientos y la muerte; pero la eternidad, es un lugar reservado para premiar a los seres  humanos que aprendieron que los poderes públicos son privilegios para disfrutarlos dentro de una vida de servicio.

Vuelva sus ojos, por un instante, al rincón solitario y apagado donde parecen reposar los restos vivientes de su hermano mayor; descanse algunos segundos, de toda esa vida sometida a su voluntad por el mismo temor que han padecido los ajenos (El temor de ser declarado traidor y terminar fusilado); vuelva los ojos, señor presidente, y encontrará un anciano famélico, frágil y atormentado; perseguido por los fantasmas de todos sus crímenes; incapaz de sostenerse por sí mismo; indefenso, inútil, vencido.

Aquella energía enfermiza de la paranoia; aquella violencia temible de su cobardía, siempre vestida con la arrogancia de los abusadores, ¿dónde están ahora? ¿A qué vientos fueron a parar aquellos aires de emperador invencible; aquella autoridad de señor de la vida y de la muerte? 

Un amasijo de patologías neurológicas y temblores geriáticos, es todo lo que queda de aquel hombre sin hombría que tuvo la osadía ridícula de creerse Dios.  

Es cierto que Fidel Castro se cuidó muy bien de que todas  las manos que lo sirvieran estuvieran manchadas con la sangre preferida por los tiranos: la de los inocentes, y que su grado de responsabilidad en el crimen histórico del socialismo es tan alto como el del máximo líder.

Es cierto que el tribunal de la historia lo sentó en el banquillo de los acusados, desde el día que usted eligió el camino de los que destruyen, y que sus actos de barbarie declararán en su contra cuando sea juzgado por la conciencia de todos los hombres y mujeres de bien. 

Esta carta no es una petición de gracia, es una oportunidad que yo le ofrezco en nombre de todos los cubanos dignos que estamos en el surco de la lucha con la manga al codo, dispuestos a sudar sacrificio y dedicación para que la libertad y el respeto nos alcancen a todos; es una oportunidad para que usted no muera sin conocer el placer incomparable de experimentar la bondad.

Señor presidente, usted tiene la posibilidad de ratificar los Pactos Internacionales de Derechos Humanos, ¡hágalo!

Usted tiene el poder para darles la libertad a todos los presos políticos, ¡hágalo!

Libere a Cuba del empobrecimiento del socialismo insalvable; entréguele, a las generaciones futuras, un legado que haga menos   vergonzoso para la especie humana el recuerdo de su paso por este mundo.

Ni su inmensa fortuna; ni el poder de todos los cañones, podrán impedir su muerte; la eterna noche del silencio infinito llegará con su abrazo inevitable y todo habrá acabado para siempre.

Usted no puede cambiar lo que ha sido, pero todavía está a tiempo para que la clemencia lo ponga en otro sitio de la historia.

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