jueves, 18 de octubre de 2012

¡Que sean más las lágrimas!

Por Ernesto Aquino/Hablemos Press.

La Habana.- Si una vergüenza debe ahorrarse cualquier poder que se precie de tener autoridad, es la vergüenza de reprimir el ejercicio de la libre expresión, con el agravante de hacerlo mediante el uso de la fuerza y la violencia extrema.

Pero ya sabemos que los poderes represores no tienen vergüenza.

Un gobierno, que está dispuesto a matar, no tiene que preocuparse por convencer; además, cuando falta la razón, todos los argumentos se vuelven pólvora, insultos, calumnias, látigo y cepo.

Lo que resulta lamentable, es la persistencia del ciudadano promedio
en mantenerse enquistado en su rol de dama de compañía de cuanto acto de barbarie promueve la ideología infecunda que azota nuestra desventurada isla sometida, o aquellos que prefieren cerrar los ojos y desaparecer, para no comprometer su imperturbable desinterés.

La indiferencia, es una aliada poderosa del crimen; tan condenable como la propia complicidad; y tanto unos como otros -los que se ponen al servicio del abuso y los que se encogen de hombros para hacerse invisibles-, para ambos, la batalla contra el juicio inevitable de los hombres y la historia, está perdida.

Los tiranos, siguen azuzando los odios -y echando unos cubanos contra otros- para hacer más gruesa la pared que los separa de su destino final; para ellos, el triunfo mayor es llegar a la muerte sin que los maten; escapar de la justicia a través de la enfermedad y la vejez, para que sean los que se quedan los que paguen su deuda con los muertos, torturados y desaparecidos.

No bastarán todos los esfuerzos, para frenar la arremetida trastornada
de la justicia tardía.

El silencio, de los hogares rotos por el azote de la crueldad más ciega y despiadada, tendrá su cuota de metralla, cuando estalle sobre el perdón oportunista que vendrá a anteceder por los verdugos en nombre de una piedad que no encontró el camino cuando los soldados de la paz morían en combate.

Yo, -si llego al final- espero estar cerca de los justicieros en el momento de la descarga, para poner un pedazo de la piedad que hizo menos dolorosas mis viejas heridas, cuando los rayos del dolor ajeno truenen feroces sobre la cabeza de los culpables; para que sean más las lágrimas que la sangre.

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