viernes, 10 de agosto de 2012

El silencio necesario



Por Ernesto Aquino/ Hablemos Press.    



La Habana, 9 de agosto.- En un lugar de La Habana, de cuyo nombre no debo acordarme, una pequeña ciudad -marginal y primitiva- se levanta entre la naturaleza salvaje de un valle sin nombre (desconocido para el ciudadano promedio), y late -con sus miedos y esperanzas-, en medio de la civilización, como un insulto a la decencia y al respeto que todo ser humano tiene derecho a disfrutar, como parte de los beneficios que debe garantizar un Estado responsable.

Lo dramático en esta historia, donde los muros de la miseria dolorosa terminan cayendo ante el paso demoledor de las ganas de vivir, es el silencio que se imponen los habitantes de esta ciudad, formada por múltiples asentamientos.

Ninguna voz se puede levantar para denunciar las miserables condiciones de vida de estos pobladores: la extrema insalubridad, por la falta de desagües para residuales albañales; la falta de intalaciones eléctricas, y la ausencia de puestos médicos, por sólo mencionar algunas de las más importantes.

Ninguna estrategia humana, que no provenga de organizaciones internacionales bien dispuestas, puede ayudarlos a romper las cadenas del aislamiento y la ilegalidad; porque estos seres de carne y hueso, son grupos humanos de cuya existencia el gobierno tiene conocimiento; sabe que han ido formando pequeñas comunidades ilegales, y las tolera.

Una de las causas de su política de tolerancia, está asociada con su incapacidad, y falta de voluntad, para asumir los retos del crecimiento poblacional; por otra parte, los miles de ciudadanos que integran estas tribus modernas no aparecen en los índices de mortalidad infantil, prostitución, drogadicción, alcoholismo y otras tantas de las desdichas engendradas por los fatalismos de las malas políticas.

Del otro lado de la tragedia, están los miles de hombres, mujeres, ancianos y niños que prefieren ahogar, en sus pechos, el clamor de sus corazones llenos de sueños; porque a pesar de tanta desigualdad e injusticia, la misma luz que alumbra a los tiranos, calienta los inviernos e ilumina las muchas oscuridades de los desposeídos, y mantiene encendida la esperanza, en las almas tocadas por la fe.

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